Wednesday, May 05, 2010

Qué fiaca


I. Un hacer fundado en las ganas de no hacer

Voy a hablar de la pereza, de las ganas de no hacer nada. De “la ley del mínimo esfuerzo” que, lejos de su demonización escolar, es una ética, en todo caso una ley justa, pero no por justicia: la fiaca como la medida justa de las cosas, la pereza como gran vigilante de la genuinidad del hacer.
Hay una cuantiosa tradición literaria al respecto. Lo que demuestra desde el vamos que hay cierto desgano que, a sus anchas, resulta creador. No aspiro a inscribir este ínfimo ensayo en esa tradición. Porque en tal ansia, la tradición deja de ser una cosa que está acá entre nosotros, nutriéndonos inevitablemente, en nosotros constitutivamente, para pasar a ser una línea existente de por sí –tipo sacra–, que puede albergar nuestro hacer si cumplimos con algunos requisitos de acceso. Y considerar el propio hacer, es decir el presente, desde el lugar que tenga en la línea proveniente del pasado, es algo sólo posible si vemos nuestro presente desde su posible imagen futura. Inscribirse en una tradición pasada suele ser un ansia de existencia futura que desprecia el presente, lo más puramente presente del presente. Además, entre esos requisitos de acceso a la tradición está el de referirse a algunos de sus pasos, cosa que me da mucha, mucha fiaca, no por desprecio de la lectura –seguramente he leído y vuelva a leer al respecto–, pero sí por desgano de “ir” a leer unos textos –transformándolos en bibliografía– justo cuando lo que quiero es escribir.
¿Cómo se hace aquello que se hace sólo motivado por el querer hacerlo? ¿Existe, es posible, tal discernimiento? Hay unas ganas de no hacer nada que son legítimas en sí y no premio por haber trabajado a la mañana.
Contra la realización de las tareas del orden del deber, la pereza aparece como un indicador: avisa que, para desplegar completamente las propias fuerzas y facultades necesitamos una tarea ciento por ciento elegida. Y sin embargo, he observado en muchos de los denominados “espacios propios” que las tareas hechas eminentemente por gusto (esas que por contingentes es decisivo sostener) sirven en gran medida no tanto para poder, ahí sí, hacer a pleno lo que se quiere, sino para tener un lugar donde el modo del hacer otorgue a la fiaca un respeto privilegiado. El gusto no pasa por cambiar la actividad sino el régimen de temporalidad y deber. Buscamos un hacer fundado en las ganas de no hacer nada.

II. Rozamiento del cúmulo energético que somos

En el increíble amontonamiento humano en que vivimos hay mucha marea de fiaca. Fiaca: resistencia del cuerpo al management de auto realización al que estamos compelidos. Ese management fue muy bien graficado por Joaquín Linne en un cuento que era, básicamente, una larga enumeración del estilo: “me afeito, voy a la peluquería que cuesta un poco más que la otra, hago yoga, estudio, escribo cuentos y tengo un blog” y terminaba diciendo algo como “son muchas las cosas que hago para estar cogible”. Estar actualizado, hacer plata, me da fiaca. Hoy no quiero hacer nada. Pero, y empero, hay una pereza activa. Está visto que la fiaca es un hacer; hacer fiaca es una responsabilidad social, en tanto favorece la genuinidad del hacer. Y, la verdad sea dicha, nunca no se hace nada. No se puede no respirar, no se puede no pensar (llamando pensar a la actividad mental). Somos un cúmulo energético, eso somos, un puñado de energía que adopta múltiples formas en múltiples dimensiones, y la pereza que planteo consiste en minimizar el rozamiento de esa energía, minimizar la fricción, el desgaste, incluso buscar los canales para su despliegue natural. También hay un no hacer correspondiente al nerviosismo. Eso no es fiaca, aunque produzca cansancio: es no llegar a hacer. Somos bolas de energías y bloquear esa energía es un esfuerzo, un esfuerzo que da fiaca, mientras que desde la fiaca se puede serle fiel a sus decursos espontáneos.
Propongo un ejemplo. Dos amigos se juntan, a no hacer nada, a perder el tiempo, y así se hacen dueños del tiempo: poder desperdiciar algo alegremente demuestra poder. En fin, se juntan a boludear. Les gusta tomar cerveza, pero no les gusta nada ir al supermercado, única opción cercana, así que cada vez que quieren cerveza se enroscan en unas vueltas que dilatan la sufrida excursión. Entonces, mediante pasos que se van dando como naturalmente y es innecesario enumerar aquí, esa fiaca de ir al supermercado termina resolviéndose con ellos fabricando su propia cerveza.
Obviamente en ese proceso la fiaca no es lo único que hay, pero es un momento y una dimensión de la experiencia necesaria para que surja la verdad de esos amigos, contentos luego sobre todo por haberse ahorrado ir al supermercado. Se diría que en la ecuación pierden tiempo. Pero ganan –y atiéndaseme aquí, por favor, porque la frase tiene lo suyo–, ganan el montaje de un parámetro propio para elegir entre cosas cuyas naturalezas son inconmensurables pero sufren un aplastamiento por el imperio de la cuantificación temporal que las hace comparables.

III. ¿Fiaca subversiva?

Frente a la multiplicación de dimensiones actuantes donde somos compelidos a hacer cosas en simultáneo, no sorprende que la pereza se ponga de moda teórica. Incluso que se la use como bandera, como hace el último libro de uno de los más altos representantes de la progresía intelectual argentina siglo veintiuno. La pereza, llega a plantearse, es subversiva. Link argumenta que –lo digo con mis palabras– el no hacer sustrae nuestros cuerpos de los mecanismos de valorización del capital, que nos toman, kilaje completo, como insumos para su reproducción ampliada.
Pero creo que esa bandera es una reacción algo triste a la batuta capitalista de los valores. Es un no hacer que refleja el retiro del sentido en la vida. En el borde de esa política –acaso parcial interpretación de Bartleby– está el suicidio como única fuga verdadera total del capital, en tanto no hay hacer salvado de sus tentáculos. Acepta la naturaleza capitalista de los haceres en vez de desafiar lo que Sztulwark llama la institución de las personas como capital humano (sobre la que volveré).
En cambio, la pereza que es un punto de partida inmediato y no sólo una reacción a la batuta mercantilista de los haceres, la fiaca–precaución, asume que si el sentido es un efecto libidinal, más vale no hacer nada fuera de la ley del menor esfuerzo, para cuidar lo frágil. La pereza deja fermentar el magma vital para remitirse a seguir su itinerario; en ese punto sí pueda, acaso, producir un desacople con la zona lógica del capital.
La zona lógica del capital refiere a la pereza interna a la inercia del capital. Antes de explicarla es preciso que advierta que quiero volver a un argumento ya planteado, pero para concluir lo contrario. Ese argumento que dice que la pereza es no interponerse en los impulsos de la energía, potenciarlos; que es santa la pereza porque ahí, cuando la actividad es el redoble del reposo móvil de la energía (repito, el redoble del reposo móvil de la energía), ahí hay un hacer que produce descanso, produce energía, produce fiaca disponible, y entonces hay que arengar para que cooperemos en hacer mucha fiaca. Creo también que hay una fiaca letal. La verdad es que después de pensar bastante en esto de la fiaca, no sé qué me parece, si sí o no a la fiaca, a su pregón. Bueno, decía, una pereza que es mortuoria: la pereza del multitasking y la zona lógica del capital; intento explicar:

IV. La zona lógica

Entre lo que se quiere, lo que se puede y lo que se debe, se talla nuestro accionar. Son las tres variables que definen las líneas formales de nuestra carne arrojada al tiempo en carrera loca. Aunque en verdad nunca sabemos cuán veloz o lenta o loca o certera es la carrera, metidos como estamos en un decurso: no hay visión panorámica. Cuando abrimos los ojos ya estamos yirando en una red, que es caótica cada tanto y por zonas. Es decir, caótica estructuralmente: un gran caos de movimiento sostenido, que con tiempo y espacio va albergando zonas lógicas. En esas zonas lógicas hay un parámetro que puede medir la velocidad y el malabar que repitamos. Cuando se participa de una zona lógica, de un entorno, lo normal, el grado cero, es esa lógica; nosotros, por ejemplo, no sentimos el movimiento de la faz planetaria de la que participamos porque ella, dentro del caótico cosmos, es nuestra zona lógica, nuestro parámetro para decir que el espacio exterior es frío o que tal galaxia va lento... Si nos adherimos al viento no sentimos viento.
Pero entonces también hay una pereza que consiste en acoplarse de manera absoluta a la velocidad y prescripciones del entorno por más que dicten una hiperactividad: la pereza del multitasking, la pereza de no despegarse de la carrera loca.

V. Capital humano o el imperio de las oportunidades

Nuestra generación, dice Adrián Gaspari, creció bajo la prédica de que nos dedicáramos a lo que nos gustara, que la plata no era lo más importante y hay que aprovechar la vida para hacer tu camino y ser feliz, pero que ahí, en la versión común de ese discurso, el bichito humano es una posibilidad de concreción a futuro, es capital humano. Debe desplegar su propia elección; no está libre de elegir libremente.
Cuando oímos que alguien dice que Mengano “desperdicia su vida”, hay que tener cuidado, porque para pensar que “se desaprovechó” hay que partir de una expectativa de realización previa a la experiencia. Desperdiciemos la vida con amor, seamos dueños de nosotros mismos dándonos por perdidos, “no perdamos el tiempo preguntándonos qué deberíamos estar haciendo para aprovechar el tiempo”, dice Gaspari.
La anti pereza, la ley del mayor esfuerzo escolar, considera el cúmulo energético que somos como un cuántum de posibilidades a realizar: el imperialismo de las oportunidades. Al idealizar cierto derrotero experiencial, la exigencia previa a la experiencia instala un sistema de comparación valorativo entre los momentos. Estas acá perdiendo el tiempo cuando podrías estar aprovechándolo: se asignan jerarquías a priori entre las cosas; concebirnos como capital humano produce una monedización de los momentos.
Pero no, este rato lo voy a desperdiciar, y lo que pase será ganancia por definición, porque no puede no serlo. Sustraída de la ley, la energía no puede no ser creativa.
Entonces hago esto desde la fiaca, escribo en los momentos que doy por perdidos para el deber, está visto que los días dados por perdidos suelen ser aquellos en que se hace mejor. Pero hay que declararlo, eso sí: este pedazo de tiempo quedó liberado de su funcionalidad eficientista. Gobiernan unas ganas de no hacer nada donde puede pasar cualquier cosa. La fiaca está incorporada en cada hacer, la energía que somos no está exo–dirigida.

VI. La elegancia de la fiaca y el enemigo eficientista.

Está visto que la historia avanza por la fiaca, si no fuera por ella no se hubiera inventado ni la rueda. Además, alcanzar la mayor fuerza –o mejor, la requerida– con el menor esfuerzo es la dinámica óptima del movimiento. Eso lo enseñan las artes marciales como el pa–kua: la elegancia en los movimientos consiste en que no sobre nada.
Por eso la militancia contra la ley del menor esfuerzo es uno de los peores pecados de la escuela (el otro, creo, es que los maestros obliguen a los chicos a levantar la botella que patearon al encontrarla tirada, cuando en verdad la responsabilidad por algo que apareció ahí es igual para todos, o mayor para el adulto que debe ejemplificar y, sobre todo, festejar que el chico haga de la basura juguete). El culto a la hacendosidad es la contrafaz de la pereza por retiro del sentido: es el hacer sin cesar para sostener sin repensar el sentido que el hacer supone. Hoy ese culto ciego es mayoritario; es la consigna del gobierno macrista: Hacer, Hacer, Hacer. Quieren instalar la idea de que hay una perspectiva puramente lógica del hacer, como si hacer de por sí fuera algo bueno, como si la vida no pasara por los parámetros de valor en los cuales tienen sentido los haceres.
Pondré un par de ejemplos de diversidad de parámetros de valoración. Uno: un vendedor de artículos varios, dueño de un enorme local en el barrio de Villa Crespo, viaja sistemáticamente al África para comprar artesanías. En una ocasión está intentando negociar precio con el jefe de una tribu que hace estatuitas, y pregunta cuánto le costaría cada una si compra cien. El jefe de la tribu le contesta –pongamos– un billete cada una. ¿Y si compro mil? Un billete y medio cada una. ¿Pero cómo, si compro en cantidad me sale más caro en vez de más barato? Y –contesta el africano–, si nos hace trabajar tanto, cuesta más. Otro ejemplo: los ingleses colonialistas llegan a una islita pacífica, quiero decir del Pacífico, y pronto encuentran que los nativos fabrican no malas canoas. Los de la civilización occidental se las arreglan para apropiarse de parte de esa producción. Ven que los nativos trabajan diez horas cada día y hacen cinco canoas. Entonces les dejan unas hachas y les muestran cómo con ellas pueden hacer cinco canoas en dos horas. Pero cuando vuelven, en vez de encontrar que habían hecho veinticinco por día, ven que los nativos –claro– trabajan dos horas diarias y el resto lo que pinte.
El macrismo es el extremo del pensamiento único: la negación total de la diversidad de racionalidades. Es lo opuesto a la fiaca, pero también es una pereza, un apego inmóvil al sistema de vida donde está negado el fondo arbitrario y parcial de los valores.
Para terminar quiero que sepan que hice este ensayo desde el espacio abierto por las ganas de no hacer nada y por el relajo que otorga el brindis: estar acá me ahorra el trabajo cansador que sería estar en mi casa no haciendo todas las cosas que podría estar haciendo.
Publicado en la Antología de Ensayos en Vivo

Tuesday, December 01, 2009

Bases del ciclismo como pensamiento urbano

Las ponderaciones ecológicas y cardíacas del ciclismo son bien conocidas; también su carácter prácticamente inofensivo hacia los otros. Son ponderaciones de sentido común. Pero el ciclismo no sólo cumple con una serie de méritos preexistentes, y si en vez de pensarlo desde un lugar neutro e inercial como el sentido común, apostamos por un pensamiento que sea hallazgo del cuerpo al calor de la tracción a sangre, adquiere el ciclismo un sentido específico.
Una de las virtudes de esa práctica se hace patente en una superficie cada vez más visible en la ciudad: la cara de orto típica de los ciclistas. Ceño fruncido, ojos esforzadamente entrecerrados; cara no tan de orto como de dificultad, de clima adverso. Es que el aire viene cargado de –para empezar a hablar– el humo de los colectivos, la mugre que levantan del suelo, los múltiples desprendimientos de los árboles, violentados hacia uno por el viento o su mera caída, provocando en suma la patente cara. La bici abre acceso a todo un campo sensorial. Y las cosas que se sienten por usarla –fenomenología ciclística– son mucho más variadas que las que el ciclista se pierde por no andar en auto. Y sobre todo más ricas, porque vienen indeterminadas, no anticipadas por un botón luminoso que las define y regula el modo de su presentación a piacere.
Al automovilista los estímulos externos le llegan mediados por superficies que los traducen al lenguaje siempre igual del microclima del auto. La cara de orto de andar en bici es, en cambio, la cara del roce con lo real; si la dicha no se nota es porque no siempre es una cosa alegre.

Habitamos, con frecuencia, imágenes naturalizadas. Por ejemplo, ¿cuántos milenios fue plana la tierra? Se la habitaba como plana; lo que se llamaba tierra era plana. Hoy, en Buenos Aires, hay un corrimiento similar. Del suelo que pisamos tenemos la imagen congelada de una costumbre, pero al revés: la ciudad es mucho menos chata de lo que los porteños asumimos. Esa imagen que aplana la experiencia es por un lado lastre del orgullo agro exportador de la pampa húmeda; todos los dibujos escolares enfatizan la lisura. Pero esa imagen plana tiene también otra procedencia, o mejor, otra constitución: es una chatura hecha de petróleo. Porque nuestra conexión con ese suelo está mediada por la nafta, que nos vuelve imperceptibles muchísimas inclinaciones, lomadas y pendientes que cartografían nuestra Santa María.
En bicicleta, se arma otro mapa de la ciudad. La imagen del terreno urbano recupera progresivamente su tridimensionalidad. Recupera características geográficas perdidas en la insensibilización que el sentido del tacto sufre en el coche, donde se ve monopolizado por la presión homogénea del acelerador bajo la punta de los pies. Ese elemento, el acelerador, redirecciona la afectación que las cuestas producen en el cuerpo hacia la nafta. En bicicleta, en cambio, el cuerpo pasa a ser la medida de las cosas.

El acelerador marca aún otro aporte diferencial que el ciclismo realiza a la salud, en este caso a la salud anímica. Está bastante claro que el estado emocional incide en el modo de transitar la calle; el cuerpo está en juego, no sólo su integridad sino su modo de ser. En el auto, la mayor o menor tensión del conductor tiene un correlato físico imperioso: pisar el acelerador, que siempre ofrece la misma resistencia. Con eso el cuerpo no siente nada, más que velocidad. La gestión de las emociones queda depositada en el objeto.
La tracción a sangre pone al cuerpo en juego de otra forma, en los músculos, en la respiración, en el pulso. Se puede ser más dócil o más exigente con las piernas, se puede pedalear para el deleite físico, se puede buscar el eficientismo o incluso autolacerarse con aceleraciones repentinas. Los efectos del ánimo son inmediatamente físicos; aquí el objeto invita a una gestión corporal de las emociones.

Ahora bien, el ciclismo también es hacia los otros. Hay varios conflictos típicos en los choques callejeros. Por ejemplo, cuando un automovilista quiere doblar a la derecha y se encuentra con un ciclista que está, como corresponde, yendo por esa franja de la calle, tapando momentáneamente el giro. Ahí muchas veces se produce el choque. Digo choques porque aunque no haya colisión física, en estos “conflictos” se significa la presencia del otro como un problema, un estorbo. El otro es un elemento extraño; el ciclista es una partícula de funcionamiento fuera de lugar. Uno, claro está, va a otra velocidad. Al ir a esa velocidad, la introduce en la calle: eso también es cierto. Ir en bici es una propuesta pública de tiempo.
Al poner a los conductores en relación con ese otro tiempo, se les está ofreciendo como posibilidad, pero además, esa temporalidad montada en bicicleta ya es, para el ciclista, una abstención activa, una sustracción íntima al tiempo digital sin cesar promocionado, a esa manía de estar siempre en otro lado, manía de la que la temporalidad del tránsito motorizado es consustancial, redundante.
Entonces por esos dos motivos, es decir, en cuanto por un lado es una resistencia al parámetro temporal mercantil, ya victoriosa en tanto humildemente consumada en uno, y por otro pone a disposición pública ese modo alternativo de sentir el tiempo y la distancia, haciéndole el aguante en el campo de las representaciones de lo posible, el ciclismo es, hoy acá, una saludable militancia política.

Pero como aunque la carnada sea preciosa no siempre hay buenos peces, es preciso andar con mucho cuidado; más de uno sustraería al prójimo del tiempo. No se puede esperar que el que obviamente te va a ver, te vea, ni que el que tiene que frenar vaya a frenar; enseña, el ciclismo, algo tristemente útil en la vida: que a priori no se puede esperar nada de nadie. Es esta la segunda espera que el ciclismo disuelve, después de la del colectivo; bicicleta: acceso de independencia.
Pero estaba en que más de uno sustraería al prójimo del tiempo y que no puede esperarse nada de nadie: por eso el casco. Hace un tiempo escuché una crítica al uso del casco que creo muy extendida. Extendida no porque se la diga mucho sino porque opera mucho; las ideas tienen presencia no sólo cuando son reflexionadas y dichas sino cuando están trabajando (a veces, incluso, son dichas precisamente cuando están en crisis). La crítica decía: “Me parece muy noble lo del casco, pero loco, es horrible, es un atentado contra la estética de la ciudad, habría que prohibirlos”.
“Un atentado contra la estética de la ciudad”. ¿Cuál es la especificidad de la estética urbana? En la calle las cosas se ven de otro modo, su estética se define no según un combinado de forma-color-textura-movimiento sino según su rol en el cofuncionamiento público. Porque en el espacio público, de las cosas importan ante todo sus efectos. Incluso la estética de algunos objetos diseñados eminentemente desde la estética, como muchas ropas o autos, son en la ciudad la estética de decisiones respecto de cómo presentarse en el encuentro público: la estética de la conducta de priorizar (o anular) la estética, o la estética de hacer secta entre los habilitados a ciertas decodificaciones, o la estética del poder adquisitivo, etcétera.
El casco tiene una estética muy clara: la estética del cuidado. Voy a referirme a la estética del cuidado en acción, desde uno de sus efectos: he notado, consultado y reconfirmado que yendo en bici con casco por Buenos Aires se puede pasar fumando marihuana delante de los policías y no se dan cuenta. No lo ven, aunque uno pase muy lentamente; el casco lo hace invisible. El casco demuestra una zona segura: en la perspectiva de esos tipos el casco corona un segmento sustraído del campo potencialmente delictivo. Así, nos volvemos invisibles a los ojos guardianes. Allí está trabajando la estética del cuidado: se asume que el que se cuida a sí mismo cuida a los otros.
De la tragedia Cromañón se ha señalado lo impresionante de que fuera efecto de una cadena de responsabilidades de la que cualquier eslabón, por sí solo, tenía suficiente poder como para prevenir el accidente. Pero lo más grave es que esos mismos eslabones se verían perjudicados si sucedía; no hubo malicia. Si los inspectores, Ibarra, Chabán, los que tiraron las bengalas, Callejeros, se hubieran ocupado de cuidarse seriamente a sí mismos, habrían también cuidado al resto. En Cromañón se ve la precariedad actual de la construcción colectiva del presunto instinto de supervivencia y cuidado de sí, la debilidad relativa que el quilombo social produce en el amarre con la vida.
Quien atropella a un ciclista también tiene altas chances de perjudicarse. Aún así la ciudad es hostil para los ciclistas. No sólo por los autos: desde la vigencia del empedrado se nota que Buenos Aires no está pensada para el ciclismo. Sin embargo, hay gente que quiere presentarse en bici en el tránsito urbano, con sudor y riesgo de sangre. Los ciclistas valen menos que la ilusión de velocidad. Y hay que atreverse a vivir en un entorno que te valora menos de lo que vos te valorás. Es una decisión de vivir como se quiere que sea el mundo aunque el mundo no proponga ese modo de vivir, es hacerle el aguante a la ciudad.

Wednesday, July 01, 2009

Por el lado de la marihuana

Reseña de Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued - Ed Anagrama (publicado en Rolling Stone)

Con su novela debut, este chaqueño nacido en 1970 recibió una mención especial en el español Premio Herralde de Novela 2008 –ganó Casi nunca, del mexicano Daniel Sada- y entró sin aviso en la elite de los publicados por la primera línea del prestigio editorial hispanoparlante. (En la foto de solapa tiene una remera de Motorhead). La historia transcurre en la periferia de la periferia, entre un pueblito del Chaco -donde las napas subieron y entonces el suelo es constantemente barro a pesar de que nunca llueve y el sol te mata- y Córdoba capital. Aunque los personajes sólo relativamente están a donde están, porque en realidad no salen nunca del sopor cannabiótico. Porro todo el día (al desayuno el protagonista se arma “el primero de la mañana”) y la televisión como fuente de luz omnipresente, con documentales sobre calamares gigantes o grandes operaciones bélicas del siglo veinte como conexión única con el mundo.
El tono narrativo también tiene la sequedad marihuanera. Bajo la relajación de las fuerzas, sólo queda decir lo mínimo. El lenguaje puede remitir al realismo estadounidense de un Carver, omitiendo todo regodeo palabrístico. Pero junto a esa humanidad devenida máquina de humo y percepción de brillo catódico, contada con laconismo, Busqued monta una historia extrema. De entre las cosas que pasan en nuestra sociedad, toma algunas de las más extremas. Comienza la trama con una interrupción de la escena fumo-televisiva: el protagonista es avisado por teléfono que debe ir al Chaco porque que su madre y su hermano fueron asesinados por el concubino de ella, quien luego se mató. Al llegar traba lazo con un ex milico de la Fuerza Aérea, fanático del porno trash (de “la elasticidad del cuerpo humano”), que se gana la vida haciendo uso de sus aprendizajes de fuerza y operatoria ilegal, o, mejor dicho, de la elasticidad de la moral humana.
La novela, impecablemente escrita, pone en tándem a cuerpos replegados al mínimo (en sus movimientos posibles, en su repertorio de vínculos con las cosas, en su capacidad de sentir) con los relatos del poder sobre los cuerpos ajenos: la caza, el porno violento, la guerra, el secuestro. Podría decirse que investiga una sensibilidad, pero no proyecta un diagnóstico o una crítica sobre “lo social”. Lo que sí critica Bajo este sol tremendo es al porro. Hasta lo demoniza. Como mínimo se encarga de contar que una vida que prende porro tras porro bajo un sol de impiedad tropical puede, empero, estar lejísimos del Jamaica no problem. Es como si asumiera que el cannabis ya está instalado, que ya no es tiempo de pregonar por que se admita su presencia, que puede pasarse a una fase de crítica “interna” en un pensamiento que ya no tiene a la ilegalidad como problema.

Monday, June 08, 2009

Reseña de Conquista de lo inútil, de Werner Herzog (Entropía)

Diario de lo imposible
Pirañas asesinas, chozas de lianas, veneno para puntas de flecha y el objetivo de llevar un barco de vapor selva adentro, hasta un punto del río, y subirlo a través de una montaña a tracción a sangre humana, para bajarlo en otro río. Fiztcarraldo (personaje del film homónimo), como el director Werner Herzog, es un un hombre tomado por una tarea mucho mayor que él: hacer posible lo imposible. En concreto la tarea es un sinsentido, ¿pero cuál no?, si sólo la titánica entrega es fuente de valor, parece decir el Herzog, en cuyo diario de filmación, de dos años, se revela como el verdadero protagonista de la epopéyica empresa que desafía frontalmente a la naturaleza de las cosas, porque aunque cuenta que en Los Angeles los ejecutivos de la Fox daban "como obviedad no discutida que se subiría un barquito de plástico por encima de una colina dentro de un estudio", realizaron la odisea de verdad, con ayuda de centenares de indios y varias muertes en el proceso, y todo "no por una cuestión de realismo, sino por estilizar un gran evento operístico".
Una demencia de locos majestuosos, se diría, de no ser porque Herzog y Klaus Kinski (genial protagonista de este y varias otros films del cineasta) efectivamente logran que su delirio de grandeza tenga un correlato en el mundo. "Todo lo bueno nace a pesar de", decía Nietzsche, y así tenemos no sólo una película inolvidable sino un diario que es un viaje de por sí a una de las reservas de misterio encantado del mundo. Casi veinticinco años se tomó Herzog en darlo a publicar, y es un notición para quien guste de literatura de aventuras selváticas, con mucho material onírico, preocupación por lo poético e interés antropológico, no por los indios -aunque las páginas son una joya del etnocentrismo europeo-, sino por el arrojo del germano a unas condiciones que casi pulverizan la cultura, con el objetivo de erguir un titánico tótem descomunal: eso es fabulosa pieza de museo humano.
Publicada en Rolling Stone, mayo 09

Reseña de Indignación, de Philip Roth (Mondadori)

Carnicería en el campus
En el año 1951, el hijo de un esforzado y honroso carnicero kosher de New Jersey es el orgullo familiar: después de terminar la escuela y ayudar hasta el agotamiento desguazando reses, fregando tachos de grasa y revisando que los culos de gallinas muertas -sólo por desangramiento y sin daño en la cervical- huelan como deben, está por empezar la universidad, cosa que nadie en la familia había logrado. Dos de sus primos murieron combatiendo al nazismo y él quiere aprovechar su oportunidad académica sobre todo para evitar ser llamado a filas como soldado raso en la siguiente contienda bélica en que se embarcaron los Estados Unidos, la de Corea –otra carnicería. Pero resulta que, acaso por la paranoia de tiempos de guerra, su padre se torna insoportable, con un miedo constante y una preocupación insaciable sobre él, quien huye, pues, a una universidad en el lejano Ohio.
Allí, en la vida de “campus” durante la primera guerra de la posguerra, transcurre el grueso de la historia, contada desde una suerte de realismo con libertinajes. En las fraternidades, con decano de varones y de mujeres por separado, el sexo es peor que clandestino, el placer resulta inconveniente; y tan rígidamente reglada está la vida, bajo el terror atómico del mundo bipolar, que los espíritus libres resultan siniestros, y más aún frágiles. Con la incidencia de la historia social en la vida personal como marco problemático, es deliciosamente escalofriante ver la locura consecuente con la racionalidad nacionalista. La época hacía de sus individuos recursos estatales -morales, bélicos.
Así visto, el escenario de la novela en principio nada tiene que ver con los posibles intereses de un joven habitante de la Argentina actual, y sin embargo es justamente en el artificio donde puede producirse una fuerte verdad. La fineza y el poderío narrativo de Roth (acaso el autor estadounidense vivo más prestigioso después de Thomas Pynchon y J.D. Salinger, con cuyo Cazador oculto podría tal vez sintonizarse Indignación- logran que las pasiones puestas en movimiento en un campo ajeno resulten inmediatamente sensibles para el lector; la lectura es un viaje emocional en el tiempo y el espacio. Esfuerzo, romance y desazón: para tomarse un whisky al terminar.
Publicada en Rolling Stone, mayo 09

Los días que vivimos en peligro - reseña

Juan Diego Incardona y Santiago Llach (comps.) Emecé

“Dieciséis escritores argentinos narran los hechos que conmovieron al país”, dice la -cuanto menos- imprecisa tapa del libro que en realidad contiene relatos situados en los días de los hechos.
Con el desafío de contar cosas sobre las que el lector tiene imaginario previo -lo que facilita la comunicación pero aumenta la dificultad de crear un territorio de emotividad singular-, el libro engrosa la tendencia editorial de antologías temáticas; el resultado es desparejo. De Cromañón (Drucaroff) tenemos veinte monótonas páginas de un encuentro entre ex esposos de clase media ochentosa resentidos, narradas como monólogo mental catártico, y sólo al final sorprende el aviso de que el hijo esa noche va a ver a Callejeros; así, la única vitalidad del cuento depende de la asunción de la noticia (y por otra parte, la lectura del hecho ubica a los jóvenes muertos como objetos del accionar o no accionar adulto).
Hay varios textos que le adosan al “hecho” una historia débil donde desplegar un panfleto para cantar la posta sobre el marco político en que se produjeron Malvinas, el suicidio de Yabrán o la toma de La Tablada; nos enteramos de las contradicciones de cierta izquierda, del medio pelo radical, el tufo de los noventa, etcétera.
Otros forjan una trama de afectividad donde pasa algo. El "hecho" puede quedar como telón de fondo televisivo (Oyola con Kosteki y Santillán) o desplazado por un acontecimiento personal (Enríquez sobre Efedrina 94, hecho incluido acaso con sorna), aunque algunos buscan que, en la escena ficcional, el hecho vuelva a conmover, como en los cuentos del 19 y 20 (Jeanmaire), AMIA (Plotkin) o en el divertido e interesante de Juan Leotta sobre la explosión en Río Tercero. Divertido también puede resultar el de Kohan sobre el alzamiento carapintada de Semana Santa, con prostitutas de compromiso cívico y amigos televidentes con escarceo genital. Cucurto afirma sujetos que, callados por el sentido común progresista, habitan la excreción -el culo- de una sociedad estructuralmente compuesta por dueños y despojados, en un relato “cocaína-anilina-colibrí-cocaína” con el Riachuelo congelado en los días de Gobierno vs “Campo”.

Tuesday, December 23, 2008

Un detective suelto en Bs As - Reseña de Pagaría por no verte, de Juan Sasturain

El programa sobre libros que Sasturain dirige por Telefé, Ver para leer, iba a llamarse S.O.S. libros, “bajo la idea”, decía él, “de que los libros tienen una utilidad práctica” y que en ocasiones, como cumpleaños de parientes, “te salvan”. Y resulta que con su flamante policial, tercero de la saga protagonizado por el veterano detective privado Julio Etchenike, Sasturain demuestra la veracidad de su hipótesis pero por la exacta negativa: los libros pueden ocasionar un perjuicio práctico en la vida cotidiana del lector. Porque su historia va encadenándose con tal renovación de intriga que produce una ansiedad no recomendable para le lectura previa al sueño: bajo la lógica falaz de “un capitulito más...”, se torna imposible parar.
La acción está situada en la Buenos Aires de 1980 y las marcas locales son muy importantes en esta novela decididamente de género: ya la ilustración de tapa, hecha por Oscar Chichoni (dibujante original de la revista de historietas Fierro, que Sasturain dirigió en los ochentas y de nuevo desde 2006), representa al legendario actor Robert Mitchum, arquetipo de antihéroe que representó en pantalla a Philip Marlowe, detective creado por Raymond Chandler, autor fundamental del género policíaco oscuro del que Sasturain participa en una apropiación patriótica. Porque Etchenike, lejos de la estampa estadounidense de Marlowe/Mitchum, es tanguero viejo, traza un mapa de la ciudad no sólo en función de su búsqueda justiciera sino también de sus cafetines, prefiere medialunas de grasa y asegura que si se hiciera una encuesta entre las cosas favoritas de la gente, nunca bajarían del quinto puesto las milanesas, que por otra parte “tienen muchas menos contraindicaciones que los culos”.
Es que los culos femeninos tienen un rol fundamental en la trama –rigurosa y de humor versátil- que por supuesto se desencadena con un asesinato, durante cuya investigación aparece otro que no se sabe si es tal o suicidio... Sasturain se apoya en la premisa de que las distintas dimensiones de la vida nunca están escindidas sino que operan como perspectivas diversas en cada situación; así, amor y sexo, revanchas políticas, conflictos familiares, traiciones económicas y viejos rencores de amistad se trenzan disputando determinación en un caso que al detective le va produciendo sucesivos dilemas éticos, manteniendo siempre una bondad básica y su característico modo de ganar como un entrañable perdedor.


Publicado en Rolling Stone, septiembre 2008

Wednesday, July 02, 2008

¡Sos un yow!
Blogs, fotologs, “redes de amigos”: en Internet el show de las personalidades define nuevos tipos de ser alguien.
La intimidad como espectáculo,
Paula Sibilia – Fondo de Cultura Económica

No sabemos de qué estamos participando. Las transformaciones más profundas son silenciosas, decía Nietzsche –aunque las advirtamos de pronto-, y hoy somos la carne de mutaciones que, al galope de las tecnologías que suprimen el tiempo entre los espacios, renuevan los modos de ser humanos a mayor velocidad de lo que pueden ser interpretadas e incluso registradas. Pero Sibilia (antropóloga argentina residente en Río) no se resigna. Y encuentra que los blogs (y flogs), en el uso que los masifica sin cesar, continúan la cuantiosa tradición del género de diario personal, pero como una versión muy distinta de lo mismo: allí donde solía haber cerraduras para proteger la intimidad bajo llave del mundo, de los otros, actualmente hay una exposición instantánea, en la que se extingue el sentido del relato de sí para sí.
El yo (construcción histórica como toda forma psíquica) es efecto de un relato, recuerda Sibilia. Pero ¿quién relata? Simplificando alevosa pero utilitariamente, en la antigüedad la polis donaba existencia (de allí que los nombres arraigaran en ellas, como “Tales de Mileto”), Dios fue fuente y fundamento largo tiempo y hasta hace no mucho los Estados Nación instituían a los cuerpos como ciudadanos. Pero la posmodernidad se predica “crisis de los grandes relatos”: los individuos quedaron angustiosamente liberados de aquella coordinación central de los lugares sociales que determinaba función y sentido a la existencia de cada quién. Era en rigor dicha coordinación la que otorgaba membresía, no es casualmente contemporánea la figura de los “excluidos”.
La exclusión en esta sociedad-espectáculo (giro de Guy Debord también usado en el librito de La Mosca y la sopa) no es sólo económica sino también del mundo de la imagen: el condenado a ver sin recibir miradas. Si cada vez proliferan más los auto-relatos en pantalla, las superficies virtuales donde mostrarse y contarse, donde realizar la puesta en escena de yo, es porque por exponerse pasa ser alguien. Hasta hace un par de generaciones, “la interioridad era el núcleo esencial e inexpugnable de la personalidad”. Hoy, dice Sibilia, la intimidad se refuncionaliza como materia prima de la espectacularización.
Gran parte del “desarrollo de contenidos por parte de los usuarios” (definición de la Web 2.0) consiste en esta publicitación de lo privado, “en paralelo a la creciente privatización del espacio público”. Como ese espacio está por otra parte saturado de imágenes y mensajes que nos interpelan como receptores, valorizar las herramientas que permiten constituirse como emisores parece coherente con la racionalidad ambiente. El yo en oferta y el consumo de los otros: el espesor de la existencia se mide en visitas diarias.

Agustín J. Valle
Publicado en Rolling Stone de Junio

Monday, May 26, 2008

GUERRILLEROS (Una salida al mar para Bolivia), de Rubén Mira - Reseña
Por Agustín j Valle, publicado en Rolling Stone, marzo 08

Guerrilleros es una reescritura del Diario del Che en Bolivia pero... Y es un “pero” de fertilidad multiorgásmica. Repleto de humor, no podría decirse que parodia el original puesto que no hay burla. Los guerrilleros, para empezar, son adolescentes. Reciben el año 1984 juntos en el monte. Planean construir el hombre nuevo revolucionario unificando sus memorias (y hasta rostros) con las de héroes de la liberación latinoamericana ya martirizados en plomo (como Che); cuentan para hacerlo con la Máquina Recicladora, que remodelará sus conciencias a través de una pila que cada uno tiene implantada en el cerebelo desde bebé. Activar esa pila es esencial; el modo es tomar y tomar cocaína.
Escrita en 1986, la novela alerta sobre una juventud que insistía en un camino derrotado (o fracasado) una generación antes, el del fusil, al que ahora le agregaban “cocaína como pólvora”. Tres años después el MTP copó trágicamente el regimiento de La Tablada. Pero el universo cyberpunk andino que guarda el libro excede su intervención en esa coyuntura política; la testimonia con estética de frenesí. Acaso por eso acaba de reeditarla Díada, tras años en que fue inconseguible la edición original de Tantalia (1993), sello cooperativo fundado por el propio Mira.
Es novela de abundancia y despropósito: los guerrilleros tienen como vecino un Templo Psicoevangélico; una iguana mantiene un amor sofisticadamente tormentoso; un escultor se tira pedos que vuélvense animales; la televisión entretiene con torturas en vivo; los soldados estatales organizan, dentro de una iglesia, una competencia a ver quién logra romper una galleta gigantesca embistiéndola con el pene... Su deriva delirante arranca carcajadas una y otra vez. Pero es novela de tomar muy en serio sus delirios (a la William Burroughs), no se ríe de ellos, si los pare los narra con respeto, como si fueran la realidad del mundo. Logra así el horizonte literario tan viejo como inagotable de crear un mundo (no sólo algunas cosas sino un modo de ser de las cosas).
La historia avanza cada vez más loca y épicamente, al ritmo de una prosa que respira henchida, pletórica y viril; cada elemento aparece ya embarazado de otro. Así -resultando de paso un refugio frente a la tibia nadería difundida en nombre del minimalismo-, Guerrilleros pareciera una propuesta de violentar los límites, de desafiar su naturalización; de no retacearle a la escritura, che, que su gracia es justamente la libertad. Esa escritura sería pues un tipo de militancia libertaria, y allí reside el núcleo de la fuerza presente de un texto que, visto en perspectiva, trabaja sobre el valor de la vida a la luz de la muerte y sobre la presencia de los muertos en la vida: problemas comunes, eternos, elementales, que precisamente por eso pueden ser revisados, reformulados, transitados una y otra vez, todo salvo dados por obvios.

Friday, April 11, 2008

Dentro de una larga discusión...

Escribo (miércoles a la noche) desesperado por el nuevo cacerolazo que me aturde (aunque no tanto como para impedirme escuchar que un buen patriota gritó al pulmón de manzana "¡¡viva el campo!!").Desesperado por impotente, estabaen el balcón y tuve que entrar en mi monoambiente por culpa de los monoteístas de un monocultivo contrastante con la variedad gastronómica que degustan en los palermos apellidados en inglés.Impotente porque ¿cómo se responde a un cacerolazo (reaccionario)? Abrí del todo el ventanal y puse a todo volúmen apuntado hacia afuera Un baión para el ojo didiota. Alguito mínimo. Temí me arrojaran cosas, apagué casi todas las luces.Muy buena Jara la de peronización de la lista de mails; no entiendo al "todavismo" fanático, al culto ciego a la repetición (¿casi como capricho estético?). Si algo no cambia es la pregunta leninista: ¿qué hacer? Un qué hacer múy básico porque no se trata de optar, no sabemos bien qué cosas podemos hacer, cómo intervenir en la escena que nos afecta. Las que se inventaron en 2001 ahora se presentan como farsa (cómo si no).La carta es un pronunciamiento y seguro es poco pero mucho más que nada; me parece muy buena iniciativa (y hasta me sosiega apenas).¿El campo intelectual contra el campo sojero? Por cierto (esto es digersión), entre los muchos periodistas que viven indirectamente de la publicidad oficial (yo escribo en Debate, xej) que bastante llovió en los últimos años, y los muchos jóvenes académicos que recibieron las nuevas y ampliadas camadas de becas conycet, no se puede decir que la recaudación por retenciones tenga distribución nula. Las reservas del BCRA, dicen, nos "salvaron" de los efectos de la crisis hipotecario-financiera yanki-global...Fin de la digresión. Sobre la carta: no creo necesario respaldar a Cristina. En todo caso al aumento de las retenciones como medida.Una carta de repudio, a las organizaciones agrícolas (no "al campo") y a la rubia vecinada que defiende a la entidad omnipresente en cada golpe de Estado que hubo, en una defensa que por otra parte muestra parámetros de lo tolerable: caminar por la ciudad con gente que duerme en la calle es feo pero tolerable, mientras que una interrupción en el cotidiano vínculo con la góndola del super motiva un quiebre en la conducta.Repudio entonces a los ruralistas que consagran el privilegio como derecho natural y a los ciudadanos sólo disopuestos a pronunicarse y actuar públicamente -¡solidarios!- cuando le tocan el consumo.Apoyaría a CFK si valiera el "dime quién te odia y te diré quién eres". ¿Pero con quién anda?No es una pregunta menor en tanto el kirchnerismo nació fruto de un proceso había alterado las fuentes de legitimación política en Argentina. Kirchner asumió condicionadísimo por una sociedad que había inaugurado un poder de impugnación al Gobierno como lugar (no olvidemos que hasta Duhalde el estabilizador llamó a elecciones de urgencia). Creo que en general todo lo positivio del kirchnerismo fue producto de lo abierto por aquella movilización social (hasta incluso el megacanje lavagnista) que puso condiciones y exigencias nuevas. Le daría el beneficio de la duda de no ser por una larga lista de cosas que acaso podría empezar por el INDEC.Y cuando Cristina, segundo período kirchnerista, festejó el triunfo, ¿a quién llamó para estar a su lado? No llamó a Evo Morales (como bien podría haber hecho el kirchnerismo si hubiera qbuscado consolidarse apoyado en su vínculo que inicialmente tuvo con los movimientos sociales y con el ansia general de "criticar" al neoliberalismo), ¡llamó a una "socialista" europea! ¿Qué cosa más gorila puede haber que una francesa de apellido Royal?¿Polarizar es un deber? ¿Todo conflicxto es dicotómico? Por favor, explicameló. ¿Cómo se abrirían entonces nuevas perspectivas? ¿Llevando a fondo la polarización hasta que exceda el sistema que la alberga en una resolución superadora? Creo que esa premisa te lleva a ser carne de cañón de un proyecto ajeno. No hace falta adherirse a Cristina para respaldarla en este enfrentamiento. Además, en todo caso polaricemos a fondo: ¿de verdad si jugamos a pensar línea de sentido opuesto al de las pretenciones de los ruralistas, llegamos como resultado al modelo político, de desarrollo y distribución Kirchnerista? Salvo que la estrategia sea "radicalizar al kkirchnerismo desde adentro" (¡y ahí sí que repitiríamos un esquema de la época de nuestros padres!), cuando justamente el kirchnerismo va en sentido opuesto al menos desde 2005.Además el kirchnerismo también necesita un campo sojero.
Domcunento del MOCASE respecto del modelo sojero.Creo cierto que las intervenciones políticas en su urgencia son atolondradas (en verdad más por la complejidad que por la urgencia). Pero precisamente por la urgencia, y por la importancia, es que no podemos darnos el lujo de no pensar, acuerdo ahí con Jara.Otra cosa que me gustaría saber, de verdad, es qué significa "pulseada ideológica".

Thursday, April 03, 2008

Algunos comentarios sobre el lock out agrario y la dinámica de la situación

Ricardo Aronskind – Economista, investigador y docente


La secuencia del conflicto es importante. ¿Cuándo estalla el conflicto agrario? Con la imposición de retenciones móviles. Este es el centro del tema. No lo es el aumento de las retenciones lo que detonó el conflicto –ya que efectivamente unas subieron pero otras bajaron- sino el corte de las expectativas de gigantescas ganancias a futuro recortadas por la aplicación de retenciones móviles. Ahí arranca todo. Es importante tenerlo claro, porque los problemas que tienen los pequeños productores hasta ese momento no habían generado ningún movimiento significativo. Los cuatro sectores de propietarios pasan a la acción fundamentalmente por lo de las retenciones móviles: están disputando renta futura, que sería apropiada mayormente por los grandes actores agrarios, y no por los pequeños.
El gobierno no diferenció, al establecer las retenciones, entre pequeños y grandes productores. ¿Y ellos, se diferenciaron? , o salieron juntos a luchar por el mismo programa ¿Y ese programa, a quien beneficia centralmente?


La división del trabajo al interior del lock out es clara.
La función de los pequeños en todo esto no es menor: son quienes aportan la cara “genuina” del lock-out. Son los que trabajan en serio, son los que cortan las rutas y ponen el cuerpo, son los que arrastran a familias y vecinos, los que generan simpatía en los medios, porque realmente necesitan ayuda y están realmente enojados. ¿Qué pone el gran capital agrario en el lock-out?: nada menos que los principales medios de comunicación escrita, oral y televisiva, algunas estructuras partidarias (el ARI de Carrió, el PRO), apoyos urbanos variopintos, incluído el de los rentistas que viven en la ciudad, y el certificado de “blanquitud” de la protesta. No es lock-out sino “paro”, no son los propietarios sino “el campo”, no son piquetes sino “cortes de ruta”, no son las retenciones móviles contra lo que luchan sino contra “la soberbia”, no son los precios internacionales increíblemente elevados la fuente de super-ganancias sino “el esfuerzo de los productores”.

La combinación es poderosa, y tiene capacidad para generar un cuadro potencialmente grave: desabastecimiento y golpe inflacionario en las ciudades, con el consabido malestar de la población (que usualmente no entiende porqué ocurren estas cosas), violencia y eventuales muertes en los cortes de ruta (con la exacerbación de pasiones que genera el martirologio), crisis política en el partido gobernante (donde se pondrían de manifiesto los aliados atados con alambre que supo juntar el kirschnerismo).


¿Porqué los sectores más débiles del agro no luchan contra los otros segmentos de la cadena que les estrujan la ganancia? ¿porqué consideran natural que la sociedad subsidie el gasoil, la electricidad, el tipo de cambio y otras transferencias directas? ¿porqué son tan fáciles para manipular por el gran capital y la derecha? Es una vieja historia vinculada a la configuración cultural e ideológica de todos los sectores rurales del mundo. En los ´90, se tomaron medidas que fundieron a 300.000 productores, y no hubo esta combatividad, esta rebeldía contra la “opresión” y la “soberbia”. Ojo con las idealizaciones: porque produzcan efectivamente riqueza, o porque sean los más débiles de los propietarios rurales, no se transforman automáticamente en portadores de progreso, ni de racionalidad, ni de solidaridad: ni piensan en el efecto de sus piquetes sobre los débiles de la ciudad. Y están luchando, puntualmente, por super ganancias.

Brilla –por su inexistencia- en esta “gesta” de los propietarios rurales la nula referencia a la dependencia tecnológica de las semillas transgénicas de las multinacionales, y de su dependencia de un mercado comercializador oligopólico (en general, multinacionales). Toda la lucha es contra el estado, como antes de la llegada del menemismo… no aparece ningún otro actor que los afecte o perjudique. Si se compara el conjunto de la problemática de los pequeños productores –que es amplia y compleja- con el objetivo específico de esta lucha, se observa que lo único que se encuentra expresado es la demanda contra las retenciones móviles, contra el gobierno y contra el estado. Este lamentable recorte de la problemática se inscribe en la lógica ultraliberal que sostiene que es el estado la fuente de los problemas, y que si se abstuviera de “meterse” con el sector privado todo andaría estupendamente bien… No es nueva, pero no deja de sorprender, la pobreza de miras de las dirigencias empresarias argentinas.


Un triunfo hegemónico del sector agropecuario es su insistencia, tomada acríticamente por los medios, en torno a una palabra: productores.
Productores, en economía, son todos los que producen directa o indirectamente riqueza. O sea, un porcentaje muy alto de la población. En una economía compleja y moderno, no es aceptable (porque no existe en la realidad) que se recorte –para resaltar sus méritos productivos- un determinado componente del sistema económico de todo el resto, sin el cual aquel no existiría. La única diferencia entre los que producen alimentos, de aquellos que producen bienes industriales o servicios necesarios (educación, salud, transporte, construcción, servicios públicos, etc, etc.) es que quienes producen alimentos pueden privar al resto de los mismos. Esto no habla de un atributo moral, de una particular nobleza, sino de un atributo de poder. Todo trabajador que cumple un rol importante en el proceso de producción y distribución de la riqueza social puede privar a los otros de algo importante. Los que poseen hoy los medios de producción en el agro privan de alimentos al resto de los eslabones productivos.

¿Qué pasaría si ocurriera a la inversa, si se les negaran los indispensables insumos industriales, servicios, etc.? ¿Qué pasaría si se les cortaran la energía eléctrica, las telecomunicaciones, el abastecimiento de combustibles, y todos los bienes urbanos imprescindibles para que funcionen? ¿Hasta cuando seguirá esta impostura de que son los únicos actores estratégicos de la producción?


Hace muchos años que la sociedad argentina viene arrastrando esta rémora ideológica, y no la termina de superar. El “campo” es una parte de Argentina, y no al revés. El país no le debe rendir una pleitesía especial a ningún sector productivo. Es más, parte de nuestro actual subdesarrollo tiene que ver con haberse quedado estancados en una imagen atemporal de los beneficios de la mera agricultura. A esta altura del siglo XXI es muy claro: no existen potencias agrícolas.
La fisiocracia, teoría económica arcaica superada hace más de 200 años, planteaba que sólo el agro producía valor, y el resto de las actividades sociales eran “estériles”. Adam Smith -no Carlos Marx-, sostuvo en 1776, en “La riqueza de las naciones”: Los terratenientes son la única de las tres clases (se refiere también a los asalariados y a los capitalistas) que percibe su renta sin que le cueste trabajo ni desvelos, sino que la perciben de una manera en cierto modo espontánea, independientemente de cualquier plan o proyecto propio para adquirirla. Esa indolencia, consecuencia natural de una situación tan cómoda y segura, no sólo les convierte a menudo en ignorantes, sino en incapaces para la meditación necesaria para prever y comprender los efectos de cualquier reglamentación pública.

La otra secuencia que hay que tener claro es que el endurecimiento agropecuario, la radicalización desorbitada de la protesta, no se produce
después del discurso de Cristina Fernandez, sino antes. Toda la argumentación sobre un supuesto discurso confrontativo, que denigró, ofendió u ofuscó al sector es inaceptable, porque no están luchando por estilos políticos. No hay nada que ofenda en el discurso, salvo que argumentó y defendió una política pública. ¿Qué debe hacer un jefe de estado que toma una decisión que considera correcta? ¿Retirarla ante la amenaza? ¿Pedir perdón por haberla tomado? ¿Lamentarse públicamente de defender el interés general, confesar que se equivocó al hacerlo? Cuando desde ese mismo lugar institucional se lanzó la frase (insólita en un país moderno) “Ramal que para, ramal que cierra”, no apareció ningún escandalizado de los actuales por la soberbia y la dureza presidencial.
Ese argumento –la supuesta vocación ofensiva y confrontativa presidencial- repetido al unísono por los representantes agrarios y los medios busca el progresivo desgaste mediático de la figura presidencial, en pos de su posterior desplazamiento.
El tema de la “soberbia” y la “provocación”, sirven para crear un clima emocional de enojo irracional con el gobierno, una suerte de “ofensa inadmisible” que no estaría en las palabras, sino… “en el tono”. Parece demasiado poco como para justificar el pedido que empezó a escucharse la semana pasada, a pocos meses de asumir, que se vaya.

¿Están negociando dos sectores, dos “bandos” equivalentes, como lo presenta masivamente la prensa?
De la respuesta que se dé a esta pregunta dependen muchas cosas.

Si se cree que se trata de una negociación entre un interés sectorial (propietarios agrarios) y la institución que representa al conjunto del país, que es mucho más que la suma de sus partes (el estado), es inadmisible cualquier intento de imposición de medidas de parte de la primera sobre la segunda. Son dos niveles cualitativamente distintos, y no puedo sino prevalecer el segundo sobre el primero.
Si se contesta que son equivalentes, se toma al estado como una facción más de intereses (como cualquier otra), o se eleva al sector agrario a la categoría de poder político con capacidad constituyente (establecer y aplicar leyes). En este último caso, se abre una puerta a la total descomposición política e institucional. Los medios de comunicación, masivamente, han contestado claro: son equivalentes.

Hay sectores económicamente poderosos (banqueros, industriales, agro, servicios) acostumbrados a que el estado argentino no tenga poder, y no pretenda ejercerlo. Aguantan un gobierno ajeno a sus filas si es impotente o pusilánime. Si pretende gobernar –en el sentido de tomar decisiones sin pedir su aprobación- empieza la retahila de epítetos: inmediatamente se sienten agradedios, avasallados, amenazados, “peligran las libertades”. Aparecen las alusiones, como si fueran parte del cuerpo diplomático norteamericano, a Cuba, Chávez, y Evo Morales: el universo oscuro e incontrolado.
Regulación, para ellos, es opresión. Libertad, en cambio, es el ejercicio ilimitado de su poder, como si no existiera sociedad. Los amenaza la regulación estatal, un gobierno que gobierne, que no sea un mero transcriptor de demandas sectoriales como fue el menemismo y la alianza. Más allá de este gobierno, los varios sectores de poder en Argentina no soportan un estado autónomo. Están felices con el estado capturado e impotente.
El kirschnerismo ha hecho muy poco por restaurar las capacidades del sector público, pero tiene cierta autonomía decisional que en este caso les resulta intolerable a algunos de los sectores dominantes. Si algo tienen en común las fracciones propietarias (locales y extranjeras) en Argentina, es su hostilidad a un estado eficaz y autónomo.

El caceroleo de las clases medias tiene diversos orígenes: ingenuos, del tipo “salgo a defender al campo”; despistados, del tipo “está subiendo todo, salgo y protesto”; políticos, del tipo “no los soporto a los Kirshner, a los peronistas, no la soporto a esa tipa”; y hasta festivos, del tipo “vamos a hacer un poco de ruido a la calle”. El análisis político tiene sus limitaciones: hay un espacio difuso en el accionar colectivo, donde pueden converger múltiples y variopintas sensibilidades en hechos sociales que no se controlan ni entienden. Apoyan las causas imaginarias que flotan en sus cabezas, desconocen los resultados concretos –políticos- de sus actos, y despúes se desresponsabilizan y buscan a quien echarle la culpa: siempre se puede salir a cantar “que se vayan todos”.

¿Qué es lo que devela esta crisis? La debilidad del kirschnerismo como construcción política, la debilidad del apoyo partidario y sindical (PJ, FPV, CGT, 62 Organizaciones), la debilidad de la estructura social que lo respalda (¿y los industriales dónde están? ¿y los muchos otros beneficiados por la expansión de estos 5 años?), la debilidad de los supuestos factores de poder “comprados”, como los medios que deberían ser “amigos”. Una enorme endeblez que ha sido puesta de manifiesto por la embestida de las entidades agropecuarias y sus diversos aliados urbanos.

Debilidad que, por otro lado, no sería tal si el gobierno fuera capaz de poner en movimiento al conjunto de sectores afectados por la rebelión de los propietarios agropecuarios, que son muchos. ¿Quiere? No quiere, porque implica establecer un compromiso programático. Implica aceptar un monitoreo externo –aunque sea de aliados. Implica interlocutores. No quiere. Por ahora.

Los acontecimientos encontraron al gobierno semi-desnudo. La presencia de los militantes piqueteros en Plaza de Mayor cortó el día martes una movilización de sectores medios porteños dispuestos a luchar por su propia destrucción, por su propio empobrecimiento, por entronizar en el gobierno a quienes los van a reprimir en serio.

La acción solitaria y decidida de los grupos de D´Elia y Pérsico contrasta con el silencio abrumador de los sindicatos, la CGT, el partido justicialista, y los militantes K, que brillaron por su ausencia en una situación extremadamente fluida que a medida que pasaban las horas se radicalizaba políticamente en contra de la Casa Rosada. Es parte de la endeble construcción kischnerista, que fue puesta a prueba (y lo seguirá siendo) por un bloque social inesperado, cuya punta de lanza son los más débiles y enardecidos de los propietarios rurales. El justicialismo, en el cual las convicciones casi no existen, respeta a los líderes que garantizan posiciones de poder. ¿Qué pasa cuando estos se tambalean? Lo que a Menem y a Duhalde: a la basura, y busquemos otro. Dado que no es la lealtad precisamente el atributo más abundante en la dirigencia justicialista, bien puede haber mucha gente en este momento jugando internamente al debilitamiento/derrota del kirscherismo para “reposicionarse”.


La derecha argentina es antidemocrática. Lo ha sido sin tapujos en el pasado, y no ha cambiado. No ha hecho nada sincero en materia de discusión sobre su participación en la destrucción de las instituciones democráticas y el asesinato de personas. Ninguna fracción importante ha producido en su seno una ruptura seria con el pasado. Ni ha surgido un líder de derecha convincentemente democrático. A lo sumo, se callan la boca, y dicen que hay que “mirar para adelante”. Esta derecha ha estado relegada por las circunstancias políticas luego del desastre provocado por sus ministros de economía, que estalló en 2001. En las decisiones importantes, esta derecha gobernó ininterrumpidamente desde 1989, pero luego de 2001 debió esperar. Cuando uno lee su prensa, desde el comienzo de la asunción de Kirschner, es clara su posición golpista. Ahí está el artículo de Claudio Escribano en la tapa de La Nación diciendo que Kirschner era presidente “por un año”. Son golpistas, no toleran ni a un gobierno de centro. Son autoritarios y no han podido intervenir políticamente hasta ahora ya que han estado acotados por las condiciones políticas locales e internacionales. Pero están buscando la brecha por la cual irrumpir, para lo que necesitan, entre otras cosas, el fuerte desgaste del poder presidencial –que disgregaría a la precaria coalición política kirschnerista- para desplazarla cuanto antes.
Para eso hay que desagregar la coalición electoral kirschnerista, alienándola de sectores sociales amplios: nada mejor que la agresión inflacionaria. El kirschnerismo se viene mostrando impotente para administrar una inflación en incesante aumento, y nada sería más oportuno que darle un envión adicional a los precios mediante fuerte incremento de los productos básicos. Ahí esta el lock-out agrario.


La derecha supo armar con una velocidad pasmosa un frente cívico que aceleró en horas su protagonismo transmutando el tema del “campo” en el tema del poder.
La derecha ha aprendido. Está usando en 2008 métodos de piquetes y movilización popular para sus propios fines. Articula lucha económica, política, mediática y cultural. Hasta aparecieron las típicas oleadas de rumores de saqueos y violencia de 1989 y 2001. Y el “que se vayan todos”, y el “que renuncie”. Alguien comparó la movilización y caceroleo del martes con las jornadas de diciembre de 2001, pero en diciembre de 2001 la clase media salió a reclamar por sus ahorros, para que se los restituyeran. Hoy sale a pedir que la despojen mediante un estallido inflacionario y el desfinanciamiento del estado.

Elisa Carrió contribuye al empobrecimiento del debate sobre los fenómenos económicos y políticos. Su afirmación reiterada de que el dinero recaudado por las retenciones iría a parar a Kirschner y De Vido retrotrae la argumentación a aquel latiguillo que decía que “Cuando Perón llegó a la Presidencia los pasillos del Banco Central estaban abarrotados de lingotes de oro, y cuando se fue no había nada”. Conclusión para bobos: se los había robado. Reducir los debates económicos a problemas de ladrones no sirve, y desvía de lo central. Se debió debatir en su momento si la política económica peronista llevaba o no a un callejón sin salida, y se debería debatir ahora si ésta es una buena política económica o si es estéril para salir del subdesarrollo
. El eje ladrones/probos no contribuye a iluminar la base de los problemas argentinos. La propia Carrió debería reflexionar sobre su evolución política que la acerca cada vez más a las perspectivas de los macro-ladrones financieros del país. Además, si la derecha logra -con la colaboración militante de Carrió- el desplazamiento del kirschnerismo, no van a ir a buscar después a una señora que habla de equidad social, precisamente. Es difícil ver a los vaciadores de la Argentina encolumnarse en la cruzada moral republicana.

El enfoque resdistributivo del kirschenrismo es casi neoliberal: por ósmosis, poco a poco, aparece trabajo, malo, mal pago, pero se reduce el desempleo. Los componentes del salario indirecto brillan por su ausencia, y el acceso a la vivienda está aún más lejano que en los ´90. El salario real está estancado, carcomido por una inflación seria que el kirschnerismo se empeña –en un episodio de verdadera demencia política- en negar. Esa debilidad no ayuda a construir lealtades firmes en vastos sectores de la población. Esas lealtades firmes harían más falta que nunca en un momento de confrontación con un actor con poder como el que se está enfrentando.

Asusta la inmovilidad de la sociedad civil agredida por la crisis. Parece que las asociaciones de consumidores no tienen nada que decir sobre el desabastecimiento ni sobre las estrategias para enfrentar la escalada de precios. Los sindicatos no tienen nada que decir, ni qué defender, en relación a la caída del salario real. Su función parece limitarse a pedir aumentos nominales de salario, y no a luchar para mantener el poder de compra de los mismos. Recién a 19 días del paro, uno de los aliados más nobles del gobierno, los organismos de derechos humanos, sacaron un comunicado caracterizando acertadamente lo que se está disputando en este momento. La pasividad de los sectores que deberían mostrar autonomía y agilidad frente a hechos que los involucran plenamente, contrasta con la acción tajante de los propietarios agrarios y la derecha.


La lucha de clases por la riqueza generada es asimétrica en la Argentina: los que quieren despojar a los más pobres no enfrentan un contrapoder social que los equilibre, sino a un gobierno apoyado en aparatos semivacíos, centrado en una construcción verticalista y cerrada, que no quiere estar sometida a compromisos sociales que aten su decisionismo. Los que van a ser despojados, mediante una caída real y significativa en sus ingresos (el 80 % de la población), miran por televisión, y en un 60 % apoya “al campo”. Lo que está en discusión no es si con el kirschnerismo se vive bien: lo que en estos días se puede definir, es si pasaremos a vivir francamente peor.

Cuando surgió el kirschnerismo, allá por 2003, lo entendimos como una postura que –insólita, inesperadamente- se ubicaba a la izquierda de lo que era el promedio político de la sociedad argentina. Recordemos: luego de 12 años de destrucción neoliberal, sus representantes sacaron el 40% de los votos y la primera minoría electoral. Los otros contendientes no tenían una misma posición. La ubicación en el espectro político es siempre relativa, no es que el kirshnerismo tenga un proyecto de liberación, pero la sociedad lo tiene menos aún. ¿Cuánto tiempo podía durar este fenómeno políticamente “irrepresentativo”–en el mejor sentido de la palabra- de una agenda pública dictada por el kirschnerismo? ¿No es razonable que la estructura política “ajustara” en dirección a la verdadera correlación de fuerzas? ¿y porqué no sería así, si no se hizo nada ni desde adentro ni desde afuera del gobierno para que mejorara el nivel de comprensión política de la sociedad?

Y al mismo tiempo nos preguntamos: ¿dónde parará el envión hacia la derecha?
¿Se correrá el fiel de la balanza institucional hacia un reflejo más ajustado a lo que es esta sociedad, o seguirá corriéndose hacia la derecha, aún más lejos?. ¿Porqué, una vez descubierta la debilidad del kirschnerismo, habría que detenerse en doblegarlo solamente por el tema de las retenciones? ¿No hay una amplia agenda de la derecha política y económica aún insatisfecha?

Esto dejó de ser un problema económico-social, de puja distributiva, y se transformó en un problema político, de poder. Según la correlación de fuerzas, en el mejor de los casos, continuarán las retenciones móviles. Si la dinámica política continúa como hasta hoy, domingo 30, puede ser que las medidas que provocaron el lock-out sean retiradas, con el consiguiente debilitamiento del gobierno, a favor de la derecha. Si ésta aprovecha este momento de auge, ahora que están expuestas las debilidades del poder kirschnerista, puede arrinconar al gobierno, y obligarlo a entrar en una lógica de medidas antipopulares que aceleren su degaste.

Tuesday, March 04, 2008

ENSAYO RICOTERO NO REDONDO
Por Patricio Suárez y Agustín J. Valle para Ensayos en Vivo

1-
¿De qué año es una banda, de qué año es un disco?
Oktubre, por ejemplo, debe sonar muchas más veces por día hoy que en 1986; y “hoy” se anima a referirse tanto al presente de escritura como al que sea de lectura. Criterio: lo que sirve para pensar la vida está vivo.
Y Patricio Rey sirve porque es una experiencia que -como define Casas a los clásicos- instaura ella misma los parámetros desde los que puede pensársela. Una experiencia como esta, singular –es decir que se manda sin saber nunca del todo qué carajo está haciendo-, para ser, inventa. Y esos inventos sedimentan en el entorno; nutren el campo de representaciones extendiendo la frontera de lo posible. Sirven. Como si segregaran un principio activo, Los Redondos, que este ensayo intenta sintetizar
[1].
Entonces sí, festejamos a los Redonditos, pero no tanto por ellos mismos como por todo lo que a través de ellos va más allá de ellos; por su fertilidad. Fértiles por ejemplo en tanto nos dan, al pensarlos, una definición de qué es un acto fértil: aquel acto cuyo producto adquiere autonomía y puede funcionar en situaciones diversas a su origen.
El pensamiento no es sobre los Redondos sino sobre lo que anida en ellos excediéndolos; no parte de los Redondos para un recorrido que vuelva a ellos mismos; es un ensayo ricotero no redondo.

2-
Llama la atención de la historia ricotera el tiempo que tardó la banda en sacar su primer disco: del 77 al 85, ocho años, mismo tiempo, como ejemplo comparativo, que pasó entre el primer y el último disco de los Beatles.
Una explicación para la asuencia discográfica pasa por recordar que las condiciones de la cultura autogestiva no eran fáciles durante la última dictadura militar. Pero si la banda continuó todo ese tiempo es porque el disco que no tenían no les faltaba. Es decir, el sentido de su existencia no consistía en grabar y publicar: componer, ensayar, tocar en vivo (hacer y distribuir panfletos...), armaban una red de prácticas donde se sostenía un mecanismo diferente de organización de las voluntades.
Los relatos de aquellos años pintan un verdadero circo dionisíaco underground (relatos cuya “veracidad” es irrelevante: con haberlos habilitado ya deja de importar la fidelidad factofílica): el astronauta italiano, las coristas stripper, los monologuistas (
Enrique Symns no fue el único), las pinturas de Rocambole, un obeso disfrazado de sultán repartiendo bolitas de ricota... Un festival de vitalidades que en la vida pública oficial no tenían lugar; un lugar singular (juego de palabras), amparado por un personaje mágico y misterioso, Patricio Rey.
Ese fragmento marginal finalmente parió Gulp! Y luego sucede algo a primera vista extraño, porque en su segundo disco, ese reducto subterráneo, popularizado de boca en boca, autosuficiente, le hace un guiño de tapa a la gran dicotomía política del siglo veinte: Oktubre.
Allí uno de los poderes redonditos: condensaron lo romántico de la resistencia a la represión totalitaria, las luchas contra la injusticia, con la épica de cambiar la vida ya, sin necesitar convencer a nadie, sin conquistar voluntades, sino haciendo una fiesta con espacio para otros. Habitaban, los Redondos, una línea muy finita y delicada entre la fuga de la sociedad y la intervención de cambiar el mundo. ¿Cómo no van a fascinar unos tipos que hacen su cielo aquí en la tierra y dejan las puertas abiertas?

3-
Esa vanguardia que en su cénit prefería a Oktubre internacional duró, en su formato inicial, algunos años. Si la fisionomía fundacional de los reductos de vanguardia intensa dura poco, es porque su propia potencia la hace centrípeta y ergo mutante.
Y si embargo hay una crítica muy extendida a los Redondos, crítica afincada sobre todo en las generaciones que hoy tienen alrededor de cuarenta años, que básicamente dice que Oktubre fue su último disco con creatividad artística y que a partir de entonces se demagogizaron, como si popularidad conllevara populismo.
Aquí una digresión: esa crítica suele agregar que “y ya después con lo de Bulacio se terminaron de ir a la mierda, no podés no hacerte cargo”. Más allá de que la demagogia y la falta de gestos son dos críticas que se acompañan refutándose, es una discusión sin interés salvo porque abre una pregunta lateral: ¿qué imágenes querríamos que la banda nos hubiera dado? ¿No anhela acaso esa crítica tipos de imágenes que abundan en la cultura en torno a hechos dramáticos similares? ¿No es en cambio saludable para nuestra cultura que por una vez alguien haya dicho -y alguien famoso y no diciéndolo como pura ideología sino como decisión situacional- “no vamos a televisar nuestro dolor”? Un baión ahí por favor para el ojo idiota.
Estábamos en la crítica que señala el fin de la etapa vanguardista a manos de un vínculo con las masas. Cierto es que con el tiempo la banda tuvo flexibilidad para habitar la futbolización del rock, el paso del público a la hinchada. ¿Pero es raro que la lógica del aguante haya encontrado cobijo en la autoafirmación de independencia ricotera?
Ese reducto under no podía imaginar el advenimiento de la lógica del aguante, y sin embargo luego hubo afinidad. Dos cosas distintas arman algo. ¿Qué es vanguardia sino lo es el romance artísitico entre un tipo que canta citando sin ostentarlo a Sheakespeare y a Bioy Casares y miles y miles de pibes marginados de las esferas donde esos materiales culturales tienen existencia social? Planteamos que eso es vanguardia no por revanchismo ni por hipócrita pedagogía: por lo inesperable del cruce de los elementos que constituyen la situación.
¿Qué es vanguardia sino un encuentro estéticamente productivo insólito en su cofuncionalidad? Y la ruptura del destino oficial de los íconos, las referencias, las tradiciones, etcétera, ¿no es un modo de la política desde el arte?
Por poner un ejemplo ejemplo: Rocambole, autor de todo el arte gráfico ricotero, es hoy (o fue hasta hace poquito) vicedecano de la facultad de Bellas Artes de la UNLP, y su trabajo fue y es constantemente re apropiado por sectores que en la repartija social habían quedado bien lejos de toda Casa de Altos Estudios. Se altera la relación entre los lugares. Allí otra fuerza ricotera: los Redondos son un artefacto que atenta contra la segmentación social dada.
Por otra parte, si una vanguardia es tan vanguardia que los que vienen detrás la pierden de vista, no es, literalmente, vanguardia de nada. La apertura deviene encierro. En los Redonditos, esa escena de existencia inesperada para la obra muestra al vanguardismo como la disposición a seguir el camino que la obra se hace una vez puesta a rodar en el mundo. ¿Cómo se hace carne esta energía en las situaciones donde resulta que puede existir? Vanguardia es que el arte deba inventar el modo de corporizarse
[2].
Ese vanguardismo tiene, en el caso que nos convoca, dos méritos adicionales. Uno es que se dio en una época donde la vanguardia no estaba en su mejor momento: la década del noventa, donde todo es igual todo lo mismo y reina la melancolía de lo que no pudo ser. (década que acaso nombre un modo subjetivo con el que tengamos que lidiar cada tanto).
El otro mérito es el enorme grado de exposición de esa vanguardia. La vanguardia se animó a salir de la cueva. Se hizo masiva, pero sin apoyarse en la solidez de alguna estructura hecha para sostener masividades (estructura: cálculo presituacional y trabajo muerto acumulado: más o menos lo opuesto a la vanguardia). Los redonditos fueron una experiencia donde la fragilidad intrínseca del vanguardismo y la autogestión logró un poder elástico para crecer y crecer, un poder fulgurante, hasta que fue demasiado. El fin de la banda testimonia la fragilidad desde la que su expansión jugaba al filo.

4-
Entonces: sí, cambiaron. No se puede no cambiar. Es más: el reclamo de inmutabilidad, gastar la vida desoyendo la alteración subjetiva que produce la práctica, es una figura propia del patetismo. Por otra parte, someterse a la evolución lógica que sus comienzos proyectaban hubiera sido, eso sí, traicionar principios básicos de la experimentación. Un ser fecundo, decía Lewkowicz que decía Levinas, es aquel que puede renunciar a su destino.
La crítica ochentosa a los Redondos es un índice menos de los Redondos que de la dificultad de dicho recorrido generacional para acomodarse a un mundo inesperado. La adultez acaso no cumplió las expectativas de la primavera democrática; el salario, las responsabilidades, a veces dan al pasado carácter paradisíaco.
No se puede criticar un cambio; el tiempo nunca es un problema: el tiempo es lo único predecible. El problema es cuáles son las fuerzas que te acarrean en ese trance. Porque “seguir el camino que la obra se hace una vez puesta a rodar en el mundo” implica una responsabilidad: la obra en rigor despierta muchos caminos.
La escena ricotera apostaba a una energía cruda que adoptaba formas de tal exhuberancia vital que resultaba atrayente para diversas fuerzas (por ejemplo, Charly García los llamó a mitad de los ochenta para ser su productor). Entonces el problema, el campo de batalla, es cuál de esas fuerzas pasa a dirigir la evolución de la energía. ¿Qué fuerzas de las que te traman dejás que te dirijan?
Los Redonditos se dejaron transformar por su público. Miles de pibes se apropiaron de la banda dándose ellos mismos las reglas de apropiación. Pero no se puede sopesar este devenir sin considerar qué le hicieron los noventa al rock. Por ejemplo, la propuesta alternativa de los Babasónicos, que en sus primeros años hasta podía funcionar como una denuncia de la simulación desde la bizarría, también forzó por exhuberancia vital a acomodarse en función suyo al entorno que la rodeaba (se podía despreciarlos pero era difícil ser indiferente). Cada punto de su entorno devino en ventana-mundo que los invitaba a distintos modos de ser lo que eran.... Diez años después no es raro encontrar en secciones sociales de revistas promedio una fotito con el epígrafe “Julieta Cardinali y Adrián D’Argelos en la fiesta de Motorola”.
Aparece una ética en la pregunta de qué se hace con los efectos inesperados de lo que se hace. Y cuánto nos dejamos hacer por el resultado inercial de las fuerzas que nos traman y cuánto nos tomamos el trabajo de darnos parámetros.

5-
Tampoco es que los Redonditos se convirtieron llanamente en lo que su público hizo de ellos. De hecho, durante los noventa, para su público los Redondos eran un misterio. Nunca se sabía nada, de pronto te enterabas de un recital o salía un disco también de pronto. Mantuvieron el modo del boca en boca incluso en escala masiva (lo cual es inédito, o como mínimo harto infrecuente). Inventaron un modo clandestino de habitar la masividad. Clandestino al menos en contraste con lo que habitualmente sucede con las bandas que adquieren ese alcance: la lógica mediática. Una vez que tenés visibilidad, se convierte en tu domicilio. Todo pasa a hacerse desde ahí, como mínimo todo lo que se hace replica desde allí. Inercia de la época nomás.
Patricio Rey rompió el destino que la sociedad asigna a lo que es una banda de rock masiva. Inventando trabajosamente el modo de corporizarse como banda de rock masiva, redefinió lo que tal género puede ser.
Sobre cómo elaboraron autónomamente una figura semejante hay una hipótesis: respetando el criterio de su sensibilidad, de como les gustaba hacer las cosas. El criterio de los caprichos, se diría de no ser porque su lectura de lo real era eficaz.
A un costado de esa conducta de tomar decisiones minuciosamente catadas por el propio paladar se la ha calificado repetidamente como ostracismo. El Indio (desde mucho antes de su etapa solista) vive encerrado... Pero, amigos, distancia no es separación. Y lo que parece ostracismo puede ser una regulación de la distancia que permite una conexión más profunda.
Así pues Patricio Rey fue durante años no un reflejo pero sí una caja de resonancia de los procesos socioculturales. Tenemos por ejemplo editada en 1993 la canción Shopping-Disco-Zen. ¿No capta ese título una tríada clave de los noventa? Y así docenas. Los Redondos sí se dejaban invadir por el mundo. Sólo que muy cuidadosamente. Con el mismo cuidado con que dejaban que la rueda vaya, que su obra se constituyera según era apropiada. Como si ambos movimientos –inundarse de mundo y dejarse llevar por el mundo- fueran tomados como inevitables y precisamente por eso regulados con cuidado.
Los bordes de uno son imposibles; imposible también ser del todo ingrávido. Uno sólo es dueño de sí mismo si sabe que no lo es. Patricio Rey, el personaje misterioso, es el nombre de aquello sobre lo que siempre puede preguntarse qué es. Patricio Rey es un nombre vacío porque se llena con el sentido que quienes lo ocupan le dan. Patricio Rey es el nombre propio de lo abierto, de lo que no viene determinado sino que está determinándose, de lo que no tiene un destino que cumplir más que ir estando a la altura de lo que va siendo.

6-
“No damos consejos a los pibes que nos siguen, porque somos lo suficientemente grandes como para saber que en sus nervios hay mucha más información sobre el futuro que en nuestra experiencia”, explicó una vez Solari. El poder no está tanto en la obra como en las fuerzas con las que se acopla. El poder propio está en el otro. No aconsejaba, el Indio, o mejor dicho sólo una cosa recomendaba a sus huestes: “cuídense el culo”. De la importancia del cuidado en su experiencia ya hablamos.
Pero también otra vez se refirió a los consejos al público. Dijo algo que ahora forma parte de Ensayos en Vivo; algo relacionado con el aliento. Porque hemos notado que una de las mejores cosas a que nos lleva este espacio –uno de sus pilares de sentido- es a alentar a los amigos y colegas. Alentarlos a, como dice el Indio citando a Burroughs, dar más que lo que tienen para dar. El aliento es desde la tribuna, pero el aliento es también aquello que sólo puede darse boca a boca en la mayor intimidad. Bueno: al Indio, hace mucho, le estaban preguntando por el fenómeno ricotero y por su relación con el público, y él -luego de explicar su éxito en base a la admiración que podían generar “unos tipos que arremeten y le dan”- cuestionó los intentos por bajarles “mensajes” a los pibes-público, planteando que “tal vez lo mejor que podemos decirles es: ¡¡dale, dale, dale, vamos carajo!!


[1] Diríamos que tomamos a Patricio Rey para pensar otras cosas que son en verdad las que nos movilizan, de no ser porque lo que pensamos en la experiencia ricotera no podemos pensar en otro lado. De la situación a la verdad. Tal vez sea un método: No se piensa por el objeto ni para el objeto; objeto y pensamiento valen cuando la subjetividad pensante depende en su existencia de los materiales que violenta. Valen como vínculo interior a un mismo movimiento de afirmación vital expansiva, como la polinización de la flore: si la relación con el animal que la aborda es arbitraria, no hay creación sino paja.
[2] Entonces se es vanguardia no tanto respecto de lo que hacen otros, sino respecto de los distintos posibles modos de constitución con la obra.

Tuesday, February 05, 2008

Tantas noches como sean necesarias, de Ricardo Romero.
(Notas de Febrero 2007)
Acaso la prosa de una serenada obsesión con el lenguaje. No hay dominación de personajes ni de historias. Diría más bien que la tensión producida está en la interfaz en que el personaje participa del devenir de la situación en una historia que él mismo ajusta trastocándola hacia una configuración que sólo se advierte una vez conformada. Nada hay en el libro tan inserviblemente apelotonado como este intento por captar sus mecanismos. Nuevo intento: el personaje participa sin saberlo del génesis de una situación y sólo advierte la mutación cuando él ya es otro precisamente porque las circunstancias lo llevaron a ser otro.
Como si los personajes fueran cuerpos sueltos (las conciencias son parte de los cuerpos) que se adosan a las tendencias de una escena sin darse cuenta de lo que su adhesión arma en la gran escala de la situación.

Pero con los payasos del último cuento sucede algo distinto. Los payasos no hacen nada, en primer lugar, más que ser presas de sus impotencias. El bondi los deja mal, en la loma del orto, y esperan largamente que pase otro. Fragmentos del mundo parecen pasarles por enfrente (fragmentos violentos), pero ni siquiera es seguro si eso es el mundo. Ellos están en la noche, y el libro de Romero le da una fuerza y un sentido renovadísimo a la expresión “noche cerrada”: la intemperie es también encierro. El mundo parece pasarles por enfrente, decía, e incluso luego ellos parece que van a hacer algo o hasta que lo están haciendo. Pero lo único que hacen, a partir de un momento, es: avanzar. A ellos, a diferencia de los otros personajes, se les hace claro que avanzan, y ganan en lucidez porque en lo que caen no es en que habían estado avanzando y que ahora son sujetos de otras fuerzas, sino llanamente en que no hay otra cosa para hacer que avanzar, palabra que por supuesto no refiere a un progreso sino al hecho ínfimo de que uno camina proyectando la línea visual. Se va hacia cualquier lado y convertirlo en adelante es una operación. Ja!, a dónde llegamos: a hacia dónde se va si es que se va a algún lado o hacia “Ninguna parte” (título de la primera novela de Romero).

Otro punto que me impactó es la relación del autor con los personajes. Una compasión muy respetuosa en el modo en que se los describe y narra, carente de todo juicio. Un basketbolista llamado así por la amorosa generosidad del autor (en tanto hace años que no juega). Un ex alcohólatra que sabe muy bien que no sabe nada ni hay nada por saber (la recuperación como una gigantesca resaca, un nuevo despertar pero en una escena devastada donde no hay nada; la resaca, no olvidar esta idea, como el desafío filosófico de encarar la nada con recursos mínimos - ¡hay que embocar el tiro!). Un interno de un hospicio revuelto, con gustos muy personales. Hermanas cuyas mentiras conviven mejor que ellas mismas. La tristeza y la magnanimidad de un milico desocupado asistiendo al paso del tiempo bajo el alto techo de una fábrica abandonada en la zona Sur. Su desolación de matar murciélagos con aire comprimido y la maravilla de la creación de palabras y, más aún, de darle una entidad específica y nombrable a cosas hasta entonces inadvertidas en su carácter de cosas –allí Romero crea mundo, humanamente hablando.

Nota de noviembre de 2007: La densidad de lo que no sucede
Una crítica -repetida por pertinente- a las casi autodenominada nueva generación de narradores apunta a que son textos donde no pasa nada. Lo que pasa es que no pasa. O que sólo pasan cosas, sin alteración subjetiva, como común televisión. Pareciera creerse que saber contar algo es saber escribir, y peor aún, saber qué escribir, por lo que -tal vez sublimando una frustrada vocación antropo o sociológica- prolifera el chato anecdotario personal y el registro de modos de habla de urbanos que supongo aspiran a ser tribales pero a lo sumo son de “targets” (el cheto, el chabón-chabón) y que en su mero registro carecen de toda virtud y que, por otra parte, no hace falta escribir ni leer un libro para conocer.
Esto pasa mucho en En celo y algo menos en Buenos Aires escala 1:1 (no digo nada nuevo), donde hay un esfuerzo por armar acontecimientos en los relatos, aunque raramente se desprenden de alguna especificidad del barrio que supuestamente protagoniza la cosa, y más raramente aún (o sea que algunos hay) otorgan al lector alguna información -de la índole que sea- sobre él.
Allí, el cuento de Romero se distingue no sólo por el poder alterador que detenta el barrio de San Telmo sobre el protagonista-narrador (el marco como personaje), sino porque la crítica de que no pasa nada, que a la altura de ese cuento ya está instalada en la mente del lector, se desvanece en el acto. No porque haya sucesos impactantes; los hay, pero no son ellos los que ubican al cuento y la literatura de Romero a años luz de la nadería con que convive. La densidad literaria que lo hace distinto es justamente la magnitud con que logra que se sienta todo lo que no sucede, es decir que instaura un modo de ser de los sucesos –sucedan o no. En ese sentido ejerce lo que decía un colega y compatriota suyo, muerto ya: que el arte sea la inminencia de una revelación que nunca se realiza.

EL DISCURSO VACÍO - Mario Levrero
(Notas de Febrero 2007)

Es un diario de un tipo para consigo mismo, su combate contra la ansiedad y el sabor amargo de lo que podría haber sido más y no fue. Es uno de esos libros donde el autocastigo y el sufrimiento redimen, ya no a la manera cristiana, pero sí ante la vista de los otros: en esta cultura de la autopromoción, despreciarse otorga credibilidad.

Es un diario aunque como proyecto no busca mostrar la sucesión cotidiana de la vida. Sencillamente busca escribir cada día como puro ejercicio físico de manos, birome, papel, trazo: el discurso no existe, o más bien sí pero es vacío.
Pero algo de la trama diaria de la vida del escritor se filtra, y entonces el libro, en principio experimento puramente formal + otra serie de apuntes con reflexiones sobre ese experimento, se lee como una novela.
Ese carácter novelesco se filtra en el plan del autor; es un inesperado, una condición que la apuesta no contenía en principio sino que adoptó en su concreción. El experimento toleró la novelización.
La sencillez y la trascendencia son logros al unísono en El discurso vacío. Es un libro-dispositivo. La figura del dispositivo de escritura sería la de una idea-acto que organiza productivamente las potencias hasta entonces estaban en estado potencial (vale la redundancia). Como si una decisión de escribir atinada hiciera perceptible y a la vez ordenara lo que hay que escribir. El pensamiento novelesco de la vida es un ejemplo de lo que estaba yirando como células dormidas esperando que el cerebrito mandara la orden de una buena vez.
El dispositivo, este mecanismo de escribir a diario buscando una grafía prolija y regular con el objeto de que tales serenidades se trasladen entonces a su estado psíquico, pone empero a Levrero en posición de pensar la minucia cotidiana. Porque esa minucia es la escena anímica y material del experimento, y el experimento se realiza con energías propias de esa escena. Ahora bien, es sobre ese plano de mundana cotidianeidad donde encuentran su lugar específico los grandes lugares que ubican la vida, las verdades básicas (el estatuto de las creencias, la naturaleza y grados de nuestra libertad, el vínculo conciencia-cuerpo, el vínculo entre la voluntad y las circunstancias, entre deber-querer-poder, etcétera) que precisamente por ser las verdades de siempre, como dice Alonso, deben ser revisadas, reformuladas, transitadas de nuevo (sobre todo por lo de nuevo), cualquier cosa salvo dadas por obvias.

Tuesday, January 29, 2008

El Accidente


Al día siguiente, lunes, entrevistaba al escritor Marcelo Cohen. Me había leído las setecientas veintitrés páginas de su última novela y estaba muy pendiente de esa nota. No por eso me había perdido, la noche anterior, sábado, la fiesta que festejaba el cumpleaños de Miguel y la primavera. Esa noche de sábado fue la primera noche de mi temporada en terminar de día, con el sol de un domingo muy esperado. Porque entre la fiesta y Marcelo Cohen, jugaban Boca River. Si no hubiera sido por el partido, dormía hasta que la cabeza no doliera. Pero, pero...
Pienso: la hago bien, me levanto un rato antes y voy al bar temprano, así engancho mesa seguro, de paso llevo materiales para trabajar sobre Cohen, fotocopias de antiguas notas, algún libro; tomo café doble y le pongo el pecho a la resaca.
Las mismas sustancias que al introducirlas en mi organismo anoche me hacían sentir que podía mover mi cuerpo a piacere, que podía inventar un lenguaje de movimientos para cada canción, las mismas sustancias que hasta me hicieron pensar en una danza que al verla uno pudiera darse cuenta de qué tema está siendo bailado aún sin escuchar la música, esas sustancias estimulantes, ahora, en sus residuos, limitaban mis capacidades reduciéndolas a la pura percepción.
Todo resulta chato, inerte. Como si fuera el mundo, más que yo, el que está adormecido. Entre la jaqueca, la dificultad física de conectarse con el entorno y el recuerdo cercano de esa sensación soberbia de puro presente que tuvo la noche pasada, la resaca corroe el valor de las cosas: todo chato. En la resaca estamos condenados a la contemplación, y el panorama es el sinsentido.
Pienso: si la fiesta es un nihilismo báquico, la resaca es el desafío estoico de decidirle el valor a las cosas contando sólo con la percepción. Hacer de la condena nuestra grata fortuna. Esta idea me hace sentir bien a pesar de mi malestar físico, incluso me amiga con él. El pensamiento es una verdad que pasa por el cuerpo.
Decido pues que a este hombre libre que soy, hasta el pitazo inicial del partido nada le importa salvo Cohen. Pero ¿cuándo vuelve a ser lo único que me importa, Cohen? ¿Desde el pitazo final? ¿O en caso de ganar voy a retrasar mi reencuentro con el trabajo para extender la presencia afectiva del fútbol en mí, y en caso de perder volveré rápido a Cohen, enfatizando en todos los motivos por los cuales lo que pasa en esa cancha con esos once tipos vestidos de colores no determina nada de lo que me pasa a mí? En definitiva sólo los veo en la pantalla del televisor del bar; si estuviera en la cancha bueno, de última llevé mi cuerpo hasta el lugar de los hechos, me expuse a la materialidad de la situación futbolera. ¿Será ese manejo de cuánto uno se deja afectar por el fútbol otro desafío del hombre libre? ¿O respetar el abrazo del dolor será condición para un hinchismo pleno? ¿Será el tiempo que sufrimos la derrota proporcional al que disfrutamos lícitamente la victoria?

Puta, ya estoy pensando en el partido. Ahora lo importante es leer las entrevistas que me traje. Y sobre todo, al ritmo del dolor de cabeza, subrayarlas, para identificar elementos que me sirvan mañana en la entrevista. También me traje una libreta donde escribir ideas y preguntas. Lo único que podría reprocharme es que traje sólo una birome, yo que siempre llevo varias, y encima una Bic pedorra, pero de última si se caga le pido una al mozo.
Desparramo las fotocopias en la mesa para tener visualización de conjunto. Cohen, Cohen. Saliste canchero en las fotos, si no fueras escritor, ¿qué look te daría la pelada? No, mala pregunta. Publicar una novela tan gigante en tiempos de fast food, msjes d txto y eyaculación precoz, ¿es darle a la vida desde la literatura un espacio con reglas autónomas, insumisas a la lógica mercantil?
No pienso en el partido pero sé que parte de la concentración que logro a pesar de la resaca se la debo a la previa... Estos gallinas de mierda. El bar se va llenando. La gente pone sillas en cualquier parte, los pasillos entre las mesas se borran, el bar se tribuniza. Cohen sigue firme en las fotocopias. Ya dos boludos gallinas agarran las sillas de la mesa de atrás mío y las dan vuelta, para mirar la tele que está enfrente mío, hacia arriba. Se sientan a mi espalda tocándome las orejas con su conversación, qué gallinas pelotudos.... Escaneo la distribución de hinchas y veo que los de Boca en general también parecen bastante boluodos, pero bosteros, loco: aguante. Pienso: Bobadilla, Gago, Palacio, Palermo. Cancha de River. Tuzzio, Nasuti, Ferrari, Beluschi. Se puede ganar, ellos son putos. Me aliento y con esa fuerza sigo sobre Cohen, me encanta Cohen, una bestia de la escritura. En la mesa de al lado se sienta un viejo gallina bien pero bien de mierda, que habla solo bien fuerte, provocando, pero ni mosqueo porque se me ocurre que Cohen esto y lo otro y anoto la libreta. La resaca me ayuda a no escribir tan rápido y que mi letra sea legible. Pienso que es verdad eso que dicen, está bueno escribir a mano. Aunque en rigor en el teclado también es a mano, tendríamos que decir escribir a birome, o lapicera, o lápiz, ¿cuál sería el genérico de todos estos?
Como no tengo colores encima, el viejo pelotudo seguro se pregunta si soy un vecino aliado o enemigo. Tal vez me ve subrayando fotocopias como un gil que ni sabía del partido, cuando yo no puedo sacarme de la panza al Tecla Farías, ¡qué viejo de mierda!Me concentro tan bien en la lectura y el subraye que de pronto levanto la cabeza y está Palacio moviendo del medio para Palermo. Instantáneamente me clavo ahí, en el pasto verde. Y dale, y dale, y dale Boca dale, carajo.

El partido arranca frenético, con un exceso de adrenalina en los veintidós, y Sebastián Vignolo no hace más que alterarme peor; tendrían que poner locutores que calmen la cosa en vez de volverte más loco, cerdos burgueses. Belluschi se escapa de los volantes de contención por la izquierda y todo Boca queda mirando a su propio arco, los jugadores tan desordenados como la gente en el bar, Farías queda libre sobre la medialuna, la recibe mansita, ideal para un patadón que atraviese las manos del arquero y la red y el ánimo de la mitad más uno del país, pero por suerte le pega mal, muy por debajo.
Agarro el café doble abandonado sobre el despliegue de fotocopias y me bajo media taza. No puedo más. Vamos, muchachos, pelota dividida tiene que ser nuestra. Palermo intenta sorprender y sorprende, pero con mala puntería, y resulta que el viejo puto lo empieza a gastar, se caga de risa bien fuerte y como si le hablara a la tele nos habla a todos los bosteros del lugar. ¡Qué viejo hijo de mil putas! Y al primer buen pase de Boca sin quererlo grito ¡Ooole! Todos mis músculos comienzan a agitarse. Con un gol el partido nos queda servido, ¡vamos muchachos! Los dos tipos de atrás son gallinas pero más tranquilos, no eligen sus palabras para irritar a los demás, parecen desdramatizados, como en actitud de ver la tele. Qué gallinas. Yo me vuelvo loco. Escucho todo el quilombo del bar en ruido seco, muy externo, y adentro de mi cabeza y mi pecho la voz de Vignolo segmentada por el pum pum pum del aparato circulatorio. En cada jugada se me va la vida, la sangre me corre en piques cortos.

En eso por suerte llega Migue, lo que al menos un segundo me baja las revoluciones. Me trae la licuadora que le presté ayer para la fiesta. Viene contento Migue, más allá de que creo que casi siempre lo está, porque la fiesta estuvo increíble y a él le chupa un huevo el fútbol pero se queda a ver el partido conmigo en el bar porque le copan, digamos, los fenómenos de la cultura. Y ahora me tiene a mí acá, encerrado en esta silla, hecho un conflicto de nervios, golpeteando nervioso la birome contra la mesa, el cuerpo con la debilidad de la resaca pero la excitación absoluta del partido. Veinte minutos. La cancha está llena de papeles, como mi mesa.
Puta: gol de River. Gol, qué se yo: la pelota está adentro, Bobadilla en el suelo. ¡Gallinas hijos de puta! Por todo festejo, después de gritar sin levantarse el viejo se ríe, se caga de risa, se mofa, burla, delira a todo hincha de Boca presente.
Tenemos que hacer un gol ya ya ya ya. El mundo está desordenado. Las moléculas de mi cuerpo disuelven la atadura que las agrupa, muchachos, si no hacemos un gol: eso siento. Me clavo el resto del café. Me paso la mano por la frente y el pelo, corroboro que estoy temblando. La sangre debe estar corriendo tan pero tan rápido que la cafeína no llega a distribuirse en forma homogénea por el cuerpo, entonces allí donde se concentra tengo espasmos. De pronto Palacio recibe con la defensa gallina mal parada, mete una diagonal penetrando en el área y apenas le saca medio metro al defensor la clava en el ángulo, por arriba de las manos del arquero, gol, gol, gol, viejo puto, qué ganas de hacértelo sentir, gol, golazo, qué ganas de que mi tronido se eternice dentro de tu cráneo gallináceo, viejo puto, salto con todos los músculos de la cara en expansión y elevando los brazos al cielo, porque ya lo tenía decidido, te voy a golpear el gol en la mesa, pobre viejo gallina, te retumbo el gol dándole potentes palmadas a mi mesa, a las hojas de Cohen, gol, carajo, y desde la altura preparo el movimiento descendente, empiezo bajando la cabeza para detrás suyo hacer caer los brazos con todo, y recién cuando estoy haciéndolo me avivo de soltar la birome, liberar la mano para golpear la mesa con toda la palma, hacer mucho ruido, y allí sucede, la suerte, el prodigio diría Cohen, la bic blanca cae directo hacia abajo, a dónde si no, pero yo no la veo porque ya estoy bajando con un goce atemporal, viejo de mierda hijo de puta, para golpearte el gol en la mesa, y se ve que cayó de culo, parada, la birome, de punta hacia arriba, y cuando bajo mi furia festejante, ensordecido por mi propio grito de gol en la resaca registro levemente el ruido como de tela rompiéndose, y a partir de ahí todo pasa en décimas de segundo, no es fácil de contar, flasheo en la mente la imagen, como si la recordara de un sueño, de un conito pástico marrón con punta metálica apareciendo por el dorso de mi mano.
Como estaba gritando, igual que medio bar, mi primera reacción al accidente fue callarme. En tan pocas décimas fue todo que creo que no hubo tiempo, que de pronto estaba mirando la mano de costado y verificando que el cilindro plástico la atravesaba de un lado a otro, casi medio cilindro de cada lado, me encuentro con los ojos de Migue y fue su palmario azoramiento, más que haberlo visto yo mismo, lo que me confirmó que sí, que eso de no creer estaba pasando, que era real, que la birome me estaba pasando. Todo el mundo festejando a los gritos pero me doy vuelta y uno de los dos gallinas de atrás, sentado, me dice con los ojos también abiertísimos: andá al hospital. Sí, le digo, pero pienso que primero tengo que hacer algo. Vi que la muy puta no tenía bordes paralelos, sino que iba ensanchándose hacia atrás, entonces tomé el extremo de abajo y tiré para extirpar la birome por donde entró, mi palma. Pero, y acá no sé qué vi primero, si la carcasa blanca vacía o el tubito de tinta azul que había quedado en el mismo sitio, saliendo por dos agujeros que eran uno mismo. Estuve a punto de volver a tirar hacia abajo pero noté que del otro lado el tanquecito tenía la cabeza de la birome, como la punta de una flecha, entonces agarro de ese lado, la punta que escribe, saco el tanquecito y lo tiro en la mesa junto a la carcasa. Noto que ambos están limpios. Migue ya tenía unas servilletas que me pongo a ambos lados, apretando como una pinza. Con la energía justa reprimo el pensamiento sobre las cosas que pasarían si perdiera la diestra y le pido a Migue: “Agarrá la mochila y todas las hojas”.
Salimos y justo hay un taxi en el que viajo recostado atrás, levantando los brazos y respirando como una parturienta: ah ah ah ah. En la sala de espera miran el partido, no pasaron cinco minutos del gol. El doctor me confirma que nunca le tocó un caso de tal estupidez y agrega que tengo puntería para clavarme biromes, porque no rompió ni arteria ni tendón ni hueso. La birome pasó y limpiamente evaporó la idea básica de continuidad del cuerpo, de mismidad, de que uno es un espacio delimitado en el universo; negó aquella verdad futbolística fundamental que asegura que la materia es impenetrable. Pero ni puntos me dieron, fue una desgracia con suerte. Como si la suerte circulara en un torrente, y ese torrente tuviera arritmias: de golpe la corriente se detiene, un instante queda seco de suerte, y el siguiente recibe el flujo acumulado en una suerte maravillosa.
En el hospital se oyeron dos gritos de gol; me dijeron que uno fue tanto y otro penal, ambos para Boca. Los titulares del triunfo xeneise no informarían, pensé, que el superclásico tuvo un herido. La violencia en el fútbol adopta formas difíciles de registrar. Pero cuando salimos a comprar la antitetánica en la farmacia, yo con un yeso desde las uñas hasta el codo, la radio dice “cuarenta y cinco minutos del segundo tiempo, River gana tres a uno”. ¡Hijos de puta! Volvemos y el enfermero me dice que tiene que darme dos inyecciones, una en cada nalga, pero que por unas agujitas no me voy a asustar, ¿no? Seguro es gallina, hijo de puta.

Salimos, ahora para ir a mi casa, Migue todo el tiempo con las fotocopias de Cohen y la licuadora en su mochila. A la cuadra me encuentro al Pelado: no lo veo hace años y ya estoy relatando el accidente de la birome. Me hace reír. Pienso si más que la violencia del fútbol no serán los famosos riesgos que comporta la escritura. O si no es toda situación un mapa de accidentes potenciales. Cuando llegamos a casa prendemos un porro porque es analgésico. Un gran psicólogo, Migue. Al rato, me doy cuenta de que por primera vez estuve varios minutos sin pensar en el tema, de que por un ratito lo había olvidado. ¿Me va a quedar cicatriz, no Migue? Sí, men, seguro. Si no te queda marca no lo vas a poder contar. Y es algo para contar: hace dos mil años pasó tres veces en el mismo cuerpo y todavía festejamos a Cristo.
Con un yeso, hasta la gente que nunca te habla quiere saber qué te pasó. Mis dos respuestas más habituales para los rompepelotas fueron “me lastimé” y “me pusieron un yeso”. Sólo una persona se distinguió. Fue al día siguiente, lunes. Lo esperaba en la mesa del bar en que me había citado. No sabía dónde guardar el brazo enyesado y lo tenía sobre la mesa. Apenas llegó, el autor de Hombres amables no pudo sino preguntarme “¡Eh, che, ¿qué te pasó?!”, pero inmediatamente repensó: “bueno, no, perá: tal vez no lo querés contar”.

Este relato fue leido en Los Mudos y en los Villancios Vrutlaes II, Nequén city